Sermón predicado el 8 de marzo, 2026
Introducción
Hemos estado predicando una serie de mensajes titulada «Las Marcas de una Iglesia Saludable». Hemos visto qué es el evangelio, la historia de la redención, y también la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la iglesia. Hemos hablado del evangelismo, del discipulado, la oración y la membresía.
Y hoy vamos a estudiar una marca que pocas iglesias practican y, sin embargo, Cristo mismo la ordenó: la disciplina bíblica o eclesiástica.
La razón por la cual se evita predicar de este tema es sencilla: porque cuando escuchamos esa palabra, lo primero que viene a nuestra mente es dureza, juicio y castigo. En la cultura en la cual nosotros vivimos, el corregir a alguien se ve como algo negativo, como algo ofensivo. Pero, como vamos a ver, hermanos, esta disciplina tiene varias implicaciones, pero sobre todas las cosas, una de ellas es que es una muestra de amor para aquellos que están andando de una manera desordenada.
Esta disciplina eclesiástica no es una herramienta para castigar, sino, óyeme bien, un medio que Dios utiliza para cuidar a su pueblo. Un medio que Dios utiliza para cuidar a sus hijos, para proteger la santidad de la iglesia y restaurar al creyente que ha caído en pecado.
Entonces, lo que el mundo puede llamar dureza, Dios lo llama cuidado. Lo que la cultura llama juicio, la Escritura lo llama amor. Y el Señor Jesucristo nos ayuda a entender esto con una imagen sencilla que nos da en Mateo 5:13: «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.»
¿Qué quiere decir? Que nosotros, como iglesia, estamos llamados a hacer sal en medio del mundo, a ser un medio de preservación, a marcar una diferencia, a mostrar el poder transformador del evangelio en nuestras vidas y en la vida de la iglesia. Por eso, cuando el pecado se tolera y no se corrige, la iglesia comienza a parecerse más al mundo y parece más un club social que la iglesia de Jesucristo. Y cuando eso ocurre, la iglesia pierde todo su poder y toda su fuerza. Por esa razón vamos a hablar de este tema.
I. ¿Qué es la disciplina bíblica?
La primera pregunta que queremos contestar es: ¿Qué es la disciplina bíblica? Es el cuidado espiritual que la iglesia ejerce sobre la vida de sus miembros.
Vamos a definir primero qué es la disciplina en un sentido formativo. Hablamos de la disciplina formativa, que es la disciplina de capacitación de los miembros, y también de lo que es la disciplina eclesiástica correctiva. ¿Por qué? Porque hay un cuidado espiritual que los pastores y cada miembro de la iglesia tenemos los unos a los otros para ayudarnos a crecer en santidad y para ayudarnos a corregir el pecado.
O sea, tú y yo, como miembros de la iglesia, tenemos una responsabilidad de cuidar espiritualmente no solo a nosotros mismos, sino también velar por la vida espiritual de nuestros hermanos.
Cada vez que la Palabra de Dios es predicada desde el púlpito, cada vez que nos reunimos como iglesia, nosotros, como dice 2 Timoteo 3:15-17, esa Palabra nos enseña, nos reprende, nos corrige y nos instruye en justicia, a fin de prepararnos para toda buena obra. Fíjense, esa Palabra tiene cuatro funciones: nos enseña, nos reprende, nos corrige y nos instruye para toda buena obra. Y esto es para formar el carácter de Cristo en nosotros.
Y, como decía, esa responsabilidad no solamente recae sobre los pastores, sino sobre toda la iglesia. Nos dice Hebreos que nosotros debemos considerarnos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que aquel día se acerca. El apóstol Pablo le dice a los Colosenses que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría, enseñándose y amonestándose los unos a los otros.
O sea, que todos nosotros, repito, tenemos la responsabilidad espiritual, no solo de velar por nosotros, sino también, en ese contexto de familia, de velar los unos por los otros, de edificarnos los unos a los otros. Eso se da cada vez que tenemos una conversación, cada vez que venimos a la iglesia, compartimos con los hermanos, cuando estamos en los grupos pequeños, cuando tenemos relaciones de discipulado con otros creyentes. ¿Para qué es esto? Para crecer cada día a la imagen de Jesucristo, para luchar con las áreas de pecado que tienden a controlarnos en nuestras vidas. Queremos prevenir el pecado no solamente en nuestras vidas, sino en la vida de los hermanos, de manera que podamos crecer todos a la imagen de Cristo.
Pero hay un segundo aspecto de ese cuidado espiritual que es un aspecto correctivo. Hay un momento en el cual el cuidado continuo no es suficiente y hay un creyente que persiste en pecar de una manera consciente y no se arrepiente. En esos casos, nosotros como iglesia —óigame bien, no solo los pastores, nosotros como iglesia— tenemos la obligación de intervenir para llamar con amor a ese hermano o hermana al arrepentimiento. Y Cristo estableció cómo debe ser hecho ese proceso y lo vamos a ver más adelante, pero desde ahora es importante que entendamos que la disciplina es una muestra de amor para una persona que está caminando de una manera desordenada.
II. ¿Por qué debemos aplicar la disciplina eclesiástica?
En segundo lugar, no solo debemos ver qué es, cuál es su naturaleza, sino por qué debemos aplicarla. Y quiero darle cuatro razones.
La primera es en relación a Dios. ¿Por qué? Porque la disciplina vindica públicamente el honor y la santidad de Dios. Nosotros practicamos esa disciplina no primariamente por el orden institucional de la iglesia, oiga, sino por el honor del nombre de Dios. Óyeme bien: por el honor del nombre de Dios. ¿A quién pertenece la iglesia, hermanos? A Cristo. Es la iglesia de Cristo y representa el carácter de Cristo delante del mundo.
Por eso, cuando la iglesia trata el pecado con seriedad, afirma públicamente que Dios es santo y que su pueblo debe reflejar esa santidad. ¿No dice en el Antiguo Testamento: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo»? ¿No dice el apóstol Pedro: «Así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir, porque está escrito: sean santos, porque yo soy santo»? Ese mandato que Dios dio en el Antiguo Testamento se aplica a la iglesia hoy. Tú y yo estamos asociados al Hijo, a ese Dios santo. Tú y yo somos hijos de Dios y por eso nuestras vidas deben reflejar ese carácter.
¿Y qué pasa cuando el pecado se tolera dentro del pueblo de Dios? El nombre del Señor es deshonrado. Pero cuando es confrontado, cuando es tratado bíblicamente, la santidad de Dios es vindicada. ¿Ustedes recuerdan el caso de Acán en el Antiguo Testamento? Dios le había dicho que destruyeran a ese pueblo. Acán no cumplió lo que Dios mandó. Él se había quedado con un manto babilónico, 200 monedas de plata y una barra de oro, y Dios castigó al pueblo y perdieron una batalla frente al pueblo de Hai. Eso lo vemos en Josué 7. Y luego Acán fue juzgado por Dios.
En el Nuevo Testamento, vemos en Apocalipsis 2 y 3 cómo Dios reprende a varias de las iglesias que están allí por tolerar el pecado en medio de ellos. ¿Y por qué? Porque Dios es un Dios santo. Dios es muy limpio de ojos para ver el mal. Él no tolera el pecado. Y esto no es solamente, mis amados, un principio del pasado. Imagínense cuál es el testimonio de una iglesia que, en la sociedad donde se desenvuelve, es reconocida no por su santidad, no por ser una iglesia de Dios, sino por los escándalos que allí searman. Cuando los creyentes viven en pecado, viven igual que las personas del mundo, cuando viven de espaldas a Dios, cuando el pecado se ignora, cuando nadie dice nada, esa iglesia puede estar reuniéndose, puede estar cantando himnos muy bonitos, puede estar predicando, pero no tiene un buen testimonio delante del mundo en su comunidad. ¿Y cuál es el testimonio entonces? Que el evangelio no transforma vidas. Y Dios dice que Él está contra las iglesias que están actuando de esa manera, que están violando, en ese sentido, no están respetando la santidad de Dios.
Pero hay otro elemento que debemos tomar en cuenta: en relación a nosotros. Fíjense, en cuanto a Dios, Dios es santo. Dios es un Dios tres veces santo. En cuanto a nosotros como iglesia, la disciplina preserva la pureza de la iglesia y disuade a otros a no pecar. Fíjense, el primer propósito mira hacia arriba, el segundo propósito mira hacia adentro, hacia nosotros como una comunidad.
Cuando el pecado es tolerado en medio de la iglesia, empieza a esparcirse, a extenderse, empieza a influir a toda la comunidad. Y eso es lo que Pablo condena en 1 Corintios 5. Dice así en la carta que él le envía a la iglesia: «En efecto, se oye que hay entre ustedes inmoralidad, y una inmoralidad tal como no existe aún entre los gentiles, al extremo de que alguno tiene la mujer de su padre, a su madrastra. Y ustedes se han vuelto arrogantes, en lugar de haberse entristecido, para que el que de entre ustedes ha cometido esta acción fuera expulsado de en medio de ustedes.» Había una relación inmoral de un hombre con su madrastra y la iglesia lo había tolerado. Y Pablo le dice: «Miren, eso ustedes no lo pueden tolerar.» Y miren lo que le dice en los versículos 6 y 7: «¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Limpien la levadura vieja para que sean masa nueva.» Ese pecado se extiende a toda la masa. El pecado, cuando se permite que reine en la iglesia, afecta a toda la iglesia. Y él está diciendo aquí que esa vieja levadura debe ser removida.
Cuando el pecado no se confronta, empieza a ser algo normal y común en la comunidad eclesiástica y las personas no tienen temor de Dios, empiezan a desobedecer a Dios. El estándar bíblico de ser santo, porque Dios es santo, se va diluyendo y lo que antes era una desobediencia empieza a verse como algo normal.
Mis hermanos, déjenme ponerle un ejemplo. En la sociedad en que nosotros vivimos, yo iba por la 27 de Febrero con mi esposa y le decía: «Mira, los motoristas se meten por debajo del túnel, nadie les dice nada, eso está prohibido. Mira los carros, cómo se camina en la calle. Yo creo que uno tiene que beberse una patilla para los nervios cuando uno sale a manejar aquí.» ¿Y por qué es eso? ¿Es que no hay leyes? Sí, hay leyes. Pero miren lo que dice Eclesiastés 8:11: «Cuando no se castiga enseguida un delito, la gente siente que no hay peligro de cometer maldades.» Cuando no se castiga enseguida un delito, la gente siente que no hay peligro de cometer maldades. Y por eso, como decimos nosotros, aquí andamos como chivos sin ley. Cada quien hace las cosas como le parece.
Hermanos, nosotros no podemos tolerar el pecado en medio nuestro. No podemos tolerarlo. Por ejemplo, fíjense lo que dice la Escritura: «No estén unidos en yugo desigual con los incrédulos.» Dos personas que no piensan igual, que no creen lo mismo en cuanto a la fe, no pueden andar juntos. Entonces, imagínate una hermana que decide casarse, siendo ella creyente, con una persona que no es creyente. Es una unión en un yugo desigual. Ella sabe lo que la Palabra enseña, eso le ha enseñado la iglesia, pero ella se casa. E imagínate que no se toma ninguna medida, la iglesia se queda callada. ¿Qué pasa con las otras hermanas que están pacientemente siendo fieles al Señor, que están pacientemente esperando en Dios? Entonces van a empezar a preguntarse: «¿Pero entonces ese mandamiento no importa?» Ese estándar que Dios nos ha dado se diluye y lo que antes era una desobediencia clara empieza a verse como una opción válida. Así empieza a trabajar esa levadura.
¿Qué hemos visto? Que la disciplina honra la santidad de Dios porque su pueblo debe reflejar su carácter. La disciplina protege la pureza de la iglesia porque cuando el pecado es tolerado es como la levadura, termina afectando a toda la comunidad.
Pero los propósitos de esa disciplina no se quedan solo dentro de la iglesia, sino que afectan hacia afuera. Y en tercer lugar, eso nos enseña que hay una relación con el mundo. La disciplina traza una línea visible entre la iglesia y el mundo. La iglesia no solamente existe, mis hermanos, para nosotros edificarnos internamente. Estamos llamados a dar un testimonio del evangelio de Jesucristo en el mundo, a predicar las buenas nuevas de salvación. Y ese testimonio depende en gran manera de cómo vivimos.
En 1 Pedro dice el apóstol: «Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios.» ¿A fin de qué? A fin de que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Y Pedro dice más adelante: «Les ruego como extranjeros y peregrinos que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, para que al considerar su conducta, ellos puedan glorificar a Dios en el día de la salvación.»
Hermanos, nosotros debemos vivir aquí como extranjeros y peregrinos. Nuestra conducta debe ser conforme a lo que nos dice la Palabra de Dios y es una conducta diferente a la de las personas en el mundo. Pero debemos ser fieles a Dios. Dios es santo, nosotros debemos andar en santidad, como hemos visto. Queremos impactar a esas personas de manera que las verdades del evangelio puedan afectarlos a ellos. Por eso la disciplina pública protege directamente nuestro testimonio.
¿Cómo así? ¿Significa eso que nosotros no pecamos? Sí, nosotros pecamos. Nosotros transgredimos la ley de Dios. Pero cuando viene una persona que no es creyente a querer burlarse de nosotros, a querer sacarnos en cara «mira lo que hizo ese hermano de la iglesia», sí, ese hermano hizo algo malo, pero eso fue juzgado en la iglesia y fue puesto en disciplina en la iglesia. Nosotros, repito, no andamos como chivos sin ley. Tenemos un Dios al que le damos cuenta. Tenemos una iglesia a la cual nosotros damos cuenta. Ahora, cuando el pecado en la iglesia no es juzgado, es aceptado, es visto como algo normal, entonces el mundo pierde, perdemos la sal, dejamos de ser luz, perdemos ese testimonio en medio del mundo que nos rodea, en medio de la sociedad.
Pero también, en cuarto lugar, la disciplina se ejerce porque es una expresión genuina y valiente de amor bíblico por el ofensor. Ustedes ven, llevamos a cabo la disciplina por la santidad de Dios. Llevamos a cabo la disciplina por la pureza de la iglesia. Llevamos a cabo la disciplina porque somos sal y luz en este mundo, también en la sociedad en la cual nos encontramos. Pero llevamos a cabo esa disciplina por amor al ofensor. No es un castigo, es una muestra de amor, no es una falta de amor.
Cuando tú ignoras el pecado de un hermano y tú sabes, lo ves que está andando de una mala manera y tú no tomas medidas de hablar con esa persona, eso no es amor, eso es indiferencia espiritual. ¿Por qué? Porque el amor verdadero, oye esto, busca rescatar a la persona, al hermano que se ha desviado.
Imagínense esto: tú eres un médico, llega un paciente donde ti. Tú ves que ese paciente tiene una enfermedad muy grave que debe ser tratada inmediatamente, pero tú lo que haces es que te quedas callado, guardas silencio para ser compasivo con ese paciente que tiene un problema grave. Pero si tú eres negligente y no le das el tratamiento a tiempo, ese paciente va a tener problemas mayores y luego se va a morir. ¿Eso es amor lo que hace ese médico? No, no lo es.
Asimismo es una iglesia que ve a un hermano destruyéndose en el pecado y guarda silencio. Eso no es amor. «Ay, yo no me voy a meter en eso. Eso no es mi problema.» No, ese es tu problema porque somos una familia y tenemos lazos espirituales que nos unen. Tú, si no tomas medidas, si tú no hablas, el procedimiento que vamos a ver más adelante lo estás abandonando.
Pablo le dice a los Gálatas: «Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre.» Si tú ves a alguien que está pecando, tu deber es ir a hablar con esa persona. ¿Cuál es la tendencia de nosotros? Ir a hablar con otro, a criticar lo que está haciendo esa persona. Cuando tú debes ir a hablar con ella: «Restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Lleven los unos las cargas de los otros y cumplan así la ley de Cristo.»
Esa palabra «restaurar» que se utiliza ahí se utilizaba en la antigüedad para hablar de un hueso que está salido de sitio. Imagínense que yo tengo un hueso en el hombro que no está en su lugar, el brazo no se va a mover correctamente. Cuando ese hueso lo encajan en su sitio, el brazo cumple la función para el cual fue diseñado. Entonces, la disciplina no busca expulsar al pecador, no busca hacerle daño, sino ayudarlo a volver a su lugar dentro del cuerpo de Cristo para que pueda cumplir con el diseño que Cristo le dio.
¿Qué hemos visto hasta aquí, mis amados? ¿Qué es la disciplina bíblica? Vemos que hay una disciplina formativa donde todos nos involucramos. Hemos visto que hay una disciplina correctiva. En segundo lugar, nos hicimos la pregunta: ¿Por qué debemos practicar esa disciplina bíblica? Primero, para honrar la santidad de Dios. En relación a la iglesia, para preservar su pureza. En relación con el mundo, para dar un testimonio claro de que somos de Cristo. Y en relación con el ofensor, para buscar su restauración.
III. ¿Cuándo debemos practicar la disciplina eclesiástica?
Y eso nos lleva, en tercer lugar, a responder la pregunta: ¿Cuándo debemos practicar la disciplina eclesiástica? ¿Cuáles son los casos que la requieren?
Bueno, es cuando un miembro de la iglesia persiste en pecar desobedeciendo los mandatos de la Escritura.
Ahora, fíjese qué interesante esto. Esa disciplina no es un mecanismo para tratar con las personas del mundo. Es un mecanismo para tratar con las personas que son creyentes y son parte de la comunidad de la iglesia. Fíjense que Pablo dice en 1 Corintios 5:12: «¿Qué tengo yo que juzgar a los de afuera? ¿No juzgan ustedes a los que están dentro? Pero a los que están fuera, Dios los juzgará.» Hablando de aquel que tenía relaciones con su madrastra, dice: «Expulsen al malvado de entre ustedes.» O sea, que para que una persona sea disciplinada debe ser miembro de la iglesia.
Nosotros no tenemos ninguna responsabilidad de juzgar a los de afuera, a los no creyentes, a los incrédulos. Eso lo hará Dios en su tiempo y en su momento, pero tú y yo sí tenemos la responsabilidad de tratar con el pecado de aquellos que están dentro de nuestra comunidad. Por eso la disciplina no se le aplica a los visitantes, ni a personas que asisten ocasionalmente a la iglesia, ni a personas que asisten de manera continua pero no son miembros de la iglesia.
Hay iglesias que no tienen una membresía formal. Entonces, ¿quiénes son los miembros de la iglesia para ellos? Los que asisten a la iglesia. Pero nosotros vimos lo que es la membresía bíblica. Nosotros no tenemos ninguna relación ni ninguna autoridad sobre aquellos que no son miembros de la iglesia. Esa disciplina se ejerce sobre aquellos que han hecho un compromiso formal de pertenecer a la iglesia, de ser miembros, de estar bajo el cuidado pastoral y en la comunión con los hermanos de la iglesia.
Habiendo hecho esa aclaración de que la persona debe ser miembro de la iglesia, veamos ahora cuándo debemos practicar esa disciplina. Como yo dije, cuando esa persona está desobedeciendo los mandamientos claros de la Escritura. Oye bien: los mandamientos claros de la Escritura. No es que está desobedeciendo mi preferencia o tu preferencia, tus opiniones o mis opiniones, o asuntos secundarios, o áreas donde la Biblia no da un mandato claro. No, no es así.
Para nosotros ejercer una disciplina, también debemos ver si esa persona está violando un mandamiento por ignorancia, por debilidad o por rebeldía. Fíjense que Pablo le dice a los tesalonicenses: «Los exhortamos a que amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos.» Él lo dice porque no a todos los creyentes le podemos dar el mismo trato pastoral. Fíjense que a los indisciplinados hay que amonestarlos, a los desalentados animarlos, a los débiles hay que sostenerlos. Y eso nos recuerda que esa disciplina requiere que tengamos discernimiento espiritual y paciencia. ¿Por qué? Hay personas que conocen al Señor, se bautizan, toman el curso de premembresía, luego se bautizan y entran a formar parte de la membresía de la iglesia, pero son niños en Cristo. Hay muchas cosas que ellos no conocen de la Palabra de Dios. Hay prácticas que pueden tener que son pecaminosas y hay que instruirlos en la Palabra de Dios. Ahora, si después que tú lo instruyes en la Palabra, continúa desobedeciendo lo que dice la Palabra, ya no se trata de ignorancia, ya no se trata de desconocimiento, sino se trata de rebeldía.
Entonces, primero debemos distinguir si esa persona está pecando de esa manera por ignorancia, debilidad o rebeldía.
En segundo lugar, debemos distinguir los mandamientos que son claros en la Escritura y aquellos que son asuntos de conciencia. Miren, la Escritura no condena el beber alcohol. La Escritura sí condena la borrachera persistente. La Escritura no condena que tú veas una película, pero sí condena que tú consumas material pornográfico, que tú estés viendo cosas inmorales. Para ejercer una disciplina, debe basarse siempre en lo que Dios nos ha revelado en su Palabra.
Pero también debemos saber que no toda ofensa requiere un proceso disciplinario formal. ¿Por qué? Porque el amor cristiano cubre ofensas menores. Dice la Escritura: «La prudencia del hombre le hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto la ofensa.» Una ofensa menor es aquella que, aunque causó una fricción, una molestia, no involucra un pecado grave, no daña la reputación de la iglesia, no rompe la relación entre los hermanos y puede ser perdonada sinceramente sin necesidad de confrontación. Una palabra que alguien te dijo en un momento que estaba airado, un malentendido, una diferencia de opinión que generó una tensión, o una actitud descuidada pero que no fue hecha en rebeldía. Hermanos, son ofensas menores.
Pero cuando un pecado es deliberado, cuando un pecado causa un daño real a una persona o a la comunidad, cuando rompe relaciones, cuando no puede restaurarse sin una conversación honesta, entonces ese pecado debe ser tratado.
¿Cuáles son esos pecados que deben ser tratados? Violaciones claras a los mandamientos de Dios. Miren lo que dice 1 Corintios 6:9 en adelante: «¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.» Y dice: «Y esto eran algunos de ustedes, pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.» Esas prácticas no son compatibles con la vida cristiana. Y cuando vemos a una persona creyente en esas prácticas, vamos a ver más adelante cuál es el proceso que nosotros debemos seguir. Fíjense lo que dice en el versículo 11: «Eso eran algunos de ustedes, pero ya ustedes han sido regenerados, santificados por la sangre de Cristo.» Ustedes han sido transformados por la gracia de Dios. Por eso cuando la iglesia confronta esos pecados a nivel privado y, si no hay arrepentimiento, como veremos a nivel público, lo que está haciendo es llamar a esa persona para que vuelva al camino correcto, para que el nombre de Dios sea glorificado, porque esa persona no está funcionando bien en ese momento.
Hay pecados que son relacionales persistentes. Dice la Escritura: «Quítense de ustedes toda amargura, ira, enojo, gritería, maledicencia y toda malicia.» Tú sabes que el chisme puede destruir una iglesia, puede traer problemas, las murmuraciones, la amargura en la iglesia. Un creyente que vive lleno de amargura, responde con ira, habla mal a otras personas. Él se envenena a sí mismo, pero envenena a otros también en la iglesia. Hay personas que con estas actitudes también causan divisiones en la iglesia. Y dice la Escritura: «Al hombre que cause división, después de la primera y segunda amonestación, deséchalo.» La división va más allá de esos conflictos relacionales de uno con otro. ¿Por qué? Porque ataca la unidad y la estructura de la iglesia. ¿Y cómo empiezan esos problemas, esas divisiones? Se va sembrando desconfianza hacia los líderes, se va sembrando desconfianza hacia los hermanos. Se crean grupos en la iglesia donde cada grupo tiene su propia agenda y eso trae fractura en medio de la congregación.
Cuando hay enseñanzas falsas, hermanos, herejías, Pablo dice: «Si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara otro evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema, sea maldito.» ¿Por qué? Porque está predicando un evangelio diferente. Y el evangelio es el corazón de la fe cristiana. Por eso nosotros estamos llamados a confrontar cualquier mensaje que distorsione el evangelio de Jesucristo.
IV. ¿Cómo debemos aplicar la disciplina eclesiástica?
Hermanos, habiendo visto cuándo se aplica esa disciplina eclesiástica, surge ahora la pregunta: ¿Cómo debemos tratar con aquellos que persisten en pecar? Y eso nos lleva a nuestro cuarto punto. ¿Cómo debemos aplicar la disciplina eclesiástica? ¿Cómo debemos aplicar ese proceso establecido por Jesucristo?
Fíjense, hemos visto cuándo debe aplicarse la disciplina. Ahora vamos a ver cómo debe aplicarse, porque Cristo estableció un proceso claro que, como dije al inicio, busca llevar al pecador al arrepentimiento y restaurarlo a la comunión de la iglesia. Vayan conmigo a Mateo 18, búsquenlo en sus aparatos digitales, en sus Biblias. Mateo 18:15-17:
«Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos toda palabra sea confirmada. Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia. Y si rehúsa también escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos.»
Miren qué hermosa es la Palabra de Dios. Jesús describe un proceso que es progresivo, que se hace en privado y solo se hace público si ese proceso privado no funciona.
Este proceso se parece al caso de un médico. Vamos a poner esa ilustración: un médico está tratando a un paciente en privado. El paciente tiene una enfermedad y él aplica un tratamiento sencillo, pero ese paciente no responde. Entonces, él va donde una junta de médicos para exponer el caso y trabajar con ese paciente para ver qué se puede hacer. Todo lo que el médico hace con todos esos análisis, con esa junta para tratar el caso con el paciente, lo hace ¿para qué? ¿Para que el paciente se muera? No. Lo hace para sanar al paciente, para darle un tratamiento correcto.
Cada paso en este proceso, mis amados —y esto es muy importante— es una muestra del amor de Cristo, nuestro amor para restaurar a ese hermano que está caminando mal, para sanarlo porque está enfermo, porque está caminando en pecado y, en pecado, Dios va a tratar con él si sigue así.
Entonces, lo primero que aquí se nos dice es que debe haber una confrontación privada. «Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano.» ¿Qué es lo primero? Una conversación en privado. La meta no es avergonzarlo, la meta no es condenarlo, la meta es ver a esa persona, ayudarlo a reconocer su pecado y volver al Señor.
Ahora, antes de tú ir a hablar con ese hermano, tú debes preparar tu corazón, ir en humildad para hablar con él. No te creas que tú eres superior a él, porque tú puedes cometer el mismo pecado o un pecado mayor todavía que el de esa persona. Antes de ir a hablar con esa persona, tú debes verificar los hechos de que lo que tú vas a tratar es así. Tú no puedes actuar en base a rumores. Debes ir a hablar en humildad, pero hablar con esa persona conforme a lo que dice la Palabra de Dios, porque está transgrediendo la ley de Dios, no porque está transgrediendo una preferencia personal mía o porque está viendo las cosas en un sentido personal diferente a como yo la veo.
En ese caso, tú vas y hablas con la persona. Tiene problemas de ira, está hablando mentira. Si la persona se arrepiente, ya ahí se quedó todo, se quedó ahí, ya ese caso no tiene que seguir. Ahora, ese es el caso quizás más difícil para muchos creyentes. Te voy a explicar por qué. Porque es más fácil tú hablar con otro hermano. «Oye, pero tú viste al hermano tal, cómo se comporta, cómo pierde la paciencia, cómo le habla a su esposa, cómo trata, mira, se iba a ir a golpes ahí afuera con una persona.» Tú tienes que hablarlo. Tú lo viste. Habla con esa persona. Ve directamente donde él. Jesús nos dice: «Ve donde esa hermana.» No te dice: «Comenta.» Jesús no te dice: «Ve y habla con otro.» Ve y habla con él en privado. Protege la reputación de ese hermano. Dale la oportunidad de arrepentirse sin una presión pública. Muestra que tu motivación es hacerle bien y no una satisfacción personal.
Si no te escucha, mira lo que dice el versículo 16: «Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos toda palabra sea confirmada.» ¿Para qué más testigos? Para confirmar los hechos. ¿Para qué más testigos? Para ayudar al ofensor a ver la gravedad de su pecado, de manera que otros hermanos también puedan exhortarlo. Ahora, esas personas deben ser hermanos sabios e imparciales, que al igual que tú, su papel no es condenar, sino hacerle ver al hermano su pecado, para que se arrepienta y sea reconciliado.
Yo estaba viendo que en Deuteronomio 19 hay un propósito protector de parte de los testigos. Fíjense que los testigos también protegen al acusado. En Deuteronomio 19:15 dice: «Un solo testigo no bastará contra un hombre en cualquier iniquidad o en cualquier pecado. Solo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá una acusación.» ¿Tú sabes lo que garantiza eso? Que el proceso sea justo, que nadie sea disciplinado basado en la percepción o en la opinión de una sola persona. La disciplina bíblica protege tanto a la iglesia como al acusado.
Ah, pero él no le hizo caso a nadie y él dice que va a persistir en ese pecado. Eso nos lleva a un tercer punto: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia.» Si la persona persiste en pecar, ese asunto llega a la iglesia. Ya es un asunto que está siendo manejado por los líderes de la iglesia y traen la situación a la iglesia. La iglesia es informada del pecado y la iglesia —nosotros, hermanos, que componemos la iglesia— somos llamados a exhortar a ese hermano al arrepentimiento. Eso es lo que debemos hacer: involucrarnos porque es mi hermano. Somos parte del mismo cuerpo.
Ahora, ¿cuál es el propósito de ese proceso? La restauración de ese hermano. Nosotros, cuando venimos aquí a la iglesia, no tenemos que dar muchos detalles. Si es un caso de inmoralidad sexual, decimos: «Ha habido un caso de inmoralidad sexual en la vida del hermano fulano, de la hermana fulana, de quien sea. En ese caso, se ha ido a hablar con él, otros hermanos han ido a hablar con él en un grupo y él persiste en esa actitud.» Damos esa información, se le pide a la iglesia que ore, se le pide a la iglesia que exhorte en amor a ese hermano para que él recapacite y vea la gravedad de su pecado. Ahora, nosotros somos una familia que en amor estamos llamando a ese hermano al arrepentimiento.
No escuchó a uno en privado, no escuchó a varios hermanos, no escuchó a la iglesia. ¿Qué se hace? En cuarto lugar, es excluido de la membresía. «Y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y recaudador de impuestos.» Si la persona persiste en su pecado, entonces es excluido de la membresía de la iglesia. Esto es algo que no puede tomarse con ligereza ni apresuramiento. ¿Por qué? Porque aún este paso, vamos a decirlo así, tiene un propósito redentor: que el pecador reflexione sobre lo que está haciendo, que sienta el peso de su pecado, de lo que ha perdido, y que vuelva al Señor. Esa exclusión no es el final del proceso, es la llamada final al arrepentimiento. Y eso corresponde a nosotros como iglesia, darle seguimiento a esa persona, ayudarlo si podemos, si hay alguien que sea cercano a él, de manera que podamos traerlo al arrepentimiento.
Qué hermosa es la Palabra de Dios, hermano. Esto no es para destruir a nadie. Todos esos pasos no son para castigar, son para restaurar. Y cuando esa persona se arrepiente, la iglesia debe recibirla con perdón y con gracia.
Hay pecados que son privados que no tienen una connotación pública, pero hay pecados que son públicos que hay que traerlos públicamente aquí también a la iglesia, aunque esa persona se haya arrepentido. Casos de robo, de cosas que tienen trascendencia pública, cualquiera de ese tipo de cosas, pecados sexuales que tienen una trascendencia pública.
Mis hermanos, ¿qué buscamos nosotros? Un arrepentimiento sincero, que haya frutos, que haya un dolor piadoso por el pecado, no que haya un remordimiento por las consecuencias, sino que esa persona vea que ha faltado contra ese Dios tres veces santo, que ha faltado contra la pureza de la iglesia, que ha transgredido los mandatos de Dios, de manera que sea restaurado.
¿Qué queremos nosotros? Dice la Escritura: «La tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.» ¿Qué queremos nosotros con esa persona? Que se humille delante de Dios. Hermano, nosotros lo hemos tenido que hacer muchas veces. No hay hombre que haga siempre el bien y nunca peque. Cualquiera de nosotros puede cometer cualquier tipo de pecado. No nos creamos que nosotros somos mejores que nadie. Lo que queremos es eso: arrepentimiento real, una vida transformada, el deseo de reparar el daño que se ha hecho.
¿Y qué debemos hacer nosotros como iglesia? Responder con gracia, con bondad, con misericordia en la vida de esa persona. Dice el apóstol Pablo, hablando en 2 Corintios 2 de un hermano: «Ustedes más bien deberían perdonarlo y consolarlo, no sea que de alguna manera este sea abrumado por demasiada tristeza. Por lo cual les ruego que reafirmen su amor hacia él.» Perdonar, consolar a aquel que ha caído. Para eso es la disciplina pública. Esta restauración puede muchas veces requerir tiempo. Hay que darle tiempo.
Conclusión
Mis hermanos, a lo largo de este mensaje, como yo decía al inicio, hemos visto que hablar de este tema no es algo opuesto al amor. Hablar de la disciplina, al contrario —y espero haberlo probado— es una expresión de amor y cuidado por la otra persona.
Cuando tú te acercas a alguien en privado para decir: «Hermano, yo veo que has hecho esto, yo veo que la Palabra dice eso y he visto que estás transgrediendo la ley de Dios.» Y no estoy diciendo que eso sea fácil. No estoy diciendo que sea fácil llevar testigos para comprobar cuando alguien no quiere escuchar la amonestación. No es fácil pararse delante de la iglesia y decir: «El hermano tal ha pecado, lo hemos confrontado privada y públicamente, no quiere escuchar a nadie. Involúcranse ustedes como iglesia.» No es fácil, mis amados, excluir a alguien, excomulgarlo de la comunión de la iglesia. Nada de eso es fácil, pero todo eso es amor. Amor por esa persona para sanarlo, amor para restaurar a ese hermano que está en esa condición, a ese hermano que no ha abandonado su pecado, que va a recibir entonces el juicio de Dios sobre él. Y eso es delicado, hermano.
Dice el autor a los Hebreos: «Al presente, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados.» La disciplina duele en el momento, duele para quien la recibe, duele para quien la aplica, pero Dios la utiliza para producir un fruto de justicia, una restauración genuina y una iglesia que realmente busca reflejar el carácter de Cristo.
Y hay algo más que este tema nos recuerda y es el más importante de todos. La razón por la cual nosotros como iglesia podemos confrontar el pecado sin destruir a la persona es porque Dios hizo lo que ningún proceso disciplinario puede hacer. ¿Tú sabes por qué? Porque Dios cargó nuestro pecado sobre Jesucristo. «Al que no conoció pecado, Dios —óyeme bien— lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.»
Cristo fue disciplinado por nosotros. Él ocupó nuestro lugar. Él llevó la pena, el castigo que tú y yo merecíamos llevar, para que tú y yo fuéramos restaurados delante de Dios. Mis amados, ese es el mensaje del evangelio. Esas son las buenas nuevas de salvación.
Por eso, una iglesia que practica esa disciplina bíblica, esa disciplina eclesiástica, no es una iglesia dura, no es una iglesia falta de amor, no es una iglesia sin misericordia, sino que es una iglesia que toma en cuenta lo que le costó a Cristo tratar con nuestro pecado y, por esa misma razón, no puede tratar el pecado en la iglesia con indiferencia.
Mis amados, que seamos una iglesia que ame la santidad porque amamos a Cristo, que confrontemos el pecado porque amamos a nuestros hermanos, y que siempre tengamos los brazos abiertos —óyeme bien, abiertos— para recibir con gracia a todo aquel que vuelva arrepentido al Señor.
Amén.


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