Cuando escuchamos la palabra «disciplina», lo primero que viene a nuestra mente es dureza, juicio y castigo. En la cultura en la que vivimos, corregir a alguien se ve como algo negativo, como algo ofensivo. Sin embargo, la disciplina eclesiástica tiene varias implicaciones, y sobre todas las cosas, es una muestra de amor para aquellos que están andando de una manera desordenada.
La disciplina eclesiástica no es una herramienta para castigar, sino un medio que Dios utiliza para cuidar a su pueblo. Un medio para proteger la santidad de la iglesia y restaurar al creyente que ha caído en pecado.
Lo que el mundo puede llamar dureza, Dios lo llama cuidado. Lo que la cultura llama juicio, la Escritura lo llama amor.
¿Qué es la Disciplina Bíblica?
La disciplina bíblica es el cuidado espiritual que la iglesia ejerce sobre la vida de sus miembros. Existe un cuidado espiritual que los pastores y cada miembro de la iglesia tenemos los unos a los otros para ayudarnos a crecer en santidad y para corregir el pecado.
Como miembros de la iglesia, tenemos la responsabilidad de cuidar espiritualmente no solo de nosotros mismos, sino también de velar por la vida espiritual de nuestros hermanos.
Cada vez que la Palabra de Dios es predicada desde el púlpito, cada vez que nos reunimos como iglesia, esa Palabra nos enseña, nos reprende, nos corrige y nos instruye en justicia, a fin de prepararnos para toda buena obra. Esto forma el carácter de Cristo en nosotros.
Pero hay un segundo aspecto de ese cuidado espiritual que es correctivo. Llega un momento en que el cuidado continuo no es suficiente y hay un creyente que persiste en pecar de manera consciente y no se arrepiente. En esos casos, la iglesia —no solo los pastores, sino toda la iglesia— tiene la obligación de intervenir para llamar con amor a ese hermano o hermana al arrepentimiento.
¿Por Qué Debemos Aplicar la Disciplina?
Existen cuatro razones fundamentales por las que debemos practicar la disciplina eclesiástica:
Primero, en relación a Dios: La disciplina vindica públicamente el honor y la santidad de Dios. Practicamos esta disciplina no principalmente por el orden institucional de la iglesia, sino por el honor del nombre de Dios. La iglesia pertenece a Cristo y representa su carácter delante del mundo. Cuando la iglesia trata el pecado con seriedad, afirma públicamente que Dios es santo y que su pueblo debe reflejar esa santidad.
Segundo, en relación a la iglesia: La disciplina preserva la pureza de la iglesia y disuade a otros de pecar. Cuando el pecado es tolerado en medio de la iglesia, comienza a esparcirse y a influir en toda la comunidad. Como Pablo enseña en 1 Corintios 5, un poco de levadura fermenta toda la masa. El pecado que se permite reinar en la iglesia afecta a toda la iglesia.
Tercero, en relación al mundo: La disciplina traza una línea visible entre la iglesia y el mundo. Estamos llamados a dar testimonio del evangelio de Jesucristo en el mundo, a predicar las buenas nuevas de salvación. Ese testimonio depende en gran manera de cómo vivimos. Cuando el pecado en la iglesia no es juzgado sino aceptado como algo normal, perdemos la sal, dejamos de ser luz y perdemos nuestro testimonio ante la sociedad.
Cuarto, en relación al ofensor: La disciplina es una expresión genuina y valiente de amor bíblico por la persona que ha caído. Ignorar el pecado de un hermano cuando sabemos que está andando mal, y no tomar medidas para hablar con esa persona, no es amor, es indiferencia espiritual. El amor verdadero busca rescatar al hermano que se ha desviado.
Pensemos en esta analogía: un médico recibe un paciente con una enfermedad grave que debe ser tratada inmediatamente. Si el médico se queda callado por ser «compasivo» y no aplica el tratamiento a tiempo, ese paciente empeorará y eventualmente morirá. ¿Eso es amor? No, es negligencia.
De la misma manera, una iglesia que ve a un hermano destruyéndose en el pecado y guarda silencio no está actuando con amor.
El Proceso que Cristo Estableció
Cristo estableció un proceso claro en Mateo 18:15-17. Es un proceso progresivo, que se realiza en privado y solo se hace público si el proceso privado no funciona:
Primer paso: confrontación privada. «Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano.» La meta no es avergonzar ni condenar, sino ayudar a la persona a reconocer su pecado y volver al Señor. Antes de hablar con ese hermano, debemos preparar nuestro corazón, ir con humildad y verificar los hechos. Y debemos ir a hablar con él directamente, no a comentar con otros.
Segundo paso: llevar testigos. «Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos toda palabra sea confirmada.» Los testigos ayudan a confirmar los hechos y ayudan al ofensor a ver la gravedad de su pecado. También protegen al acusado, garantizando que el proceso sea justo y que nadie sea disciplinado basado en la percepción de una sola persona.
Tercer paso: decirlo a la iglesia. «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia.» La iglesia es informada del pecado y todos los que componemos la iglesia somos llamados a exhortar a ese hermano al arrepentimiento. Debemos involucrarnos porque es nuestro hermano, somos parte del mismo cuerpo.
Cuarto paso: excluirlo de la membresía. «Y si rehúsa también escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos.» Este no es el final del proceso, sino la llamada final al arrepentimiento. La iglesia debe dar seguimiento a esa persona, ayudarla si es posible, con el objetivo de traerla al arrepentimiento.
La Restauración: La Meta Final
Cuando una persona se arrepiente, la iglesia debe recibirla con perdón y gracia. Buscamos un arrepentimiento sincero, que produzca frutos y un dolor piadoso por el pecado, no simplemente remordimiento por las consecuencias. Queremos que la persona reconozca que ha faltado contra Dios y contra la pureza de la iglesia, para que sea verdaderamente restaurada.
La Escritura dice: «La tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.»
Dios hizo lo que ningún proceso disciplinario puede hacer: cargó nuestro pecado sobre Jesucristo. «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» Cristo fue disciplinado por nosotros. Él ocupó nuestro lugar. Él llevó la pena y el castigo que nosotros merecíamos, para que fuéramos restaurados delante de Dios.
Por eso, una iglesia que practica la disciplina bíblica no es una iglesia dura, falta de amor o sin misericordia. Es una iglesia que toma en cuenta lo que le costó a Cristo tratar con nuestro pecado y, por esa misma razón, no puede tratar el pecado con indiferencia.
Que seamos una iglesia que ame la santidad porque amamos a Cristo, que confrontemos el pecado porque amamos a nuestros hermanos, y que siempre tengamos los brazos abiertos para recibir con gracia a todo aquel que vuelva arrepentido al Señor.



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