¿Qué pasaría si te dijera que probablemente hay asesinos entre nosotros esta mañana? No sé exactamente quién es, pero al terminar de leer este artículo, lo sabremos. Y la respuesta va a incomodar a más de uno, porque el sexto mandamiento es mucho más amplio de lo que imaginamos.
Estamos estudiando los Diez Mandamientos según Éxodo 20, y hoy llegamos al sexto: «No matarás». A primera vista, parece el más fácil de cumplir. Después de todo, la mayoría de nosotros nunca hemos quitado físicamente una vida. Pero como veremos, este mandamiento alcanza lugares del corazón humano que preferíamos mantener en la oscuridad.
«No matarás» (Éxodo 20:13)
La Razón Sagrada Detrás del Mandamiento
Antes de preguntar qué significa este mandamiento, conviene preguntar por qué existe. ¿Por qué Dios considera que esta prohibición merece estar entre los diez más fundamentales de toda su ley?
La respuesta está en Génesis 1:27: «Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó». El ser humano es único en toda la creación, es el único ser que lleva la imagen de Dios, lo que llamamos el Imago Dei.
Esa realidad tiene una consecuencia directa: nuestras vidas no nos pertenecen, sino que le pertenecen al Dios que nos creó y nos las dio. Imagina que un pintor pinta un cuadro en un lienzo; esa creación no le pertenece al lienzo sino al pintor que la creó.
Atentar contra una vida humana es atentar contra aquello que más refleja a Dios en toda la creación. Quitar una vida sin la autorización divina es usurpar una prerrogativa que solo le corresponde al Creador.
El Significado Preciso de las Palabras
El Sexto Mandamiento es una de las declaraciones más breves de toda la ley de Dios. En el hebreo original son apenas dos palabras: «lo ratzach». Es una prohibición breve, directa y enfática, pero esa brevedad no significa falta de precisión.
El hebreo cuenta con al menos ocho palabras distintas para designar el acto de quitar una vida. Dios no eligió una genérica, sino «ratzach», un término con límites muy definidos. Este verbo nunca aparece en contextos de guerra, nunca describe una ejecución capital, nunca se emplea para la defensa propia.
Su uso está reservado para el homicidio planificado, el asesinato de un enemigo personal, el homicidio pasional, y ciertas formas de homicidio culposo. Por eso, la idea central del mandamiento podría expresarse así: «No quitarás injustamente una vida humana» o «No quitarás una vida sin la autorización de Dios».
Lo Que Este Mandamiento No Prohíbe
Es importante aclarar que el mandamiento no prohíbe toda forma de quitar una vida. ¿Cómo lo sabemos? Por la propia ley de Moisés. El mismo código que contiene este mandamiento establece la pena de muerte para quien lo viole.
El mandamiento no prohíbe:
- La pena capital justa: Génesis 9:6 establece que quien arrebata una vida injustamente debe responder con la suya
- La guerra justa: Cuando es declarada por autoridad legítima, persigue una causa justa y protege a los civiles
- La defensa propia legítima: La protección de la vida propia, familiar y de los inocentes frente a ataques violentos
El Holocausto Silencioso de Nuestro Tiempo
Según la Organización Mundial de la Salud, se realizan aproximadamente 73 millones de abortos en el mundo cada año. Eso significa 200,000 cada día, más de dos por segundo. En poco más de cincuenta años, el número de vidas destruidas supera en más de diez veces el total de judíos asesinados en el Holocausto.
El aborto no es simplemente un debate político o médico; es un asunto moral y espiritual porque involucra una vida humana creada por Dios. La pregunta decisiva no es cuándo comienza la vida legal, sino cuándo comienza la vida humana.
Jeremías 1:5 registra las palabras de Dios: «Antes que te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré». Para el vocabulario inspirado del Nuevo Testamento, el que está en el vientre y el que está en los brazos de su madre son la misma persona.
El Asesinato del Corazón
Quizás estés pensando: «Por lo menos este lo cumplo. Yo no he matado a nadie». ¿Estás seguro de eso?
En el Sermón del Monte, Jesús cita directamente el Sexto Mandamiento y luego lo lleva a una profundidad que sus oyentes no esperaban: «Pero yo les digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte» (Mateo 5:21-22).
Cada mandamiento regula no solo la conducta exterior, sino también las actitudes del corazón. El resultado es revelador: el Sexto Mandamiento, que parecía el más fácil de guardar, resulta ser uno de los más exigentes.
El homicidio que Dios condena comienza en nuestros corazones:
- La envidia: El deseo de que otro pierda lo que tiene
- El odio: Un resentimiento arraigado que desea el mal del otro
- La ira descontrolada: Explosiones egoístas y desproporcionadas
- Las palabras destructivas: Proverbios 12:18 dice que hay palabras «como golpes de espada»
Como dice Juan con claridad: «Todo el que odia a su hermano es homicida» (1 Juan 3:15).
Viviendo el Mandamiento Positivo
Todo mandamiento de Dios no solo prohíbe un pecado; también ordena el deber opuesto. El Sexto Mandamiento no solo dice «no quites una vida», sino también «protege y cuida la vida».
Esto se traduce en deberes concretos:
- Amar al prójimo: Ser grandes amadores de toda la humanidad
- Rechazar todo desprecio: No hay categorías de seres humanos inferiores a otros
- Defender a los vulnerables: Hablar por quienes no pueden defenderse
- Compartir el evangelio: No compartirlo con quien marcha hacia la destrucción eterna es, en cierto sentido, homicidio espiritual
Cuando la Ley Nos Lleva a Cristo
¿Recuerdas la pregunta con la que comenzamos? ¿Había asesinos entre nosotros? La respuesta es más incómoda de lo esperado. El asesino que buscábamos no estaba sentado en otra silla, sino en la nuestra.
El Sexto Mandamiento nos deja a todos en el mismo lugar: culpables delante de Dios y necesitados de un Salvador. Y precisamente ahí entra el evangelio con toda su gloria.
Cuando Caín mató a Abel, la sangre de Abel clamó por justicia. Pero Hebreos 12:24 nos dice que la sangre de Jesucristo habla mejor que la sangre de Abel. La sangre de Abel clamaba por justicia; la sangre de Cristo clama por misericordia.
Jesús murió para salvar a quienes violaron la ley que Él obedeció perfectamente. Si has descubierto que tu corazón está más lejos de Dios de lo que pensabas, no necesitas reformarte: necesitas nacer de nuevo. La invitación de Cristo sigue en pie: «Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar» (Mateo 11:28).
Él murió por homicidas. Murió por ti. Su sangre es suficiente para limpiar todo lo que has hecho y todo lo que has sido.


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