Imagínense que ustedes van a un restaurante muy bonito con una decoración moderna, con una música que está muy bien escogida, unas sillas sumamente cómodas, la mesa con un centro de mesa y un mantel hermoso. El personal viene, los camareros amables, atentos. Usted va a ese lugar, encuentra muchas personas conocidas, todo parece perfecto, pero pasa el tiempo y nadie le trae el menú. Usted pregunta al mesero qué pasa que no le han traído el menú porque usted quería comer y el mesero le dice: «Lo que pasa, señor, es que aquí no vendemos comida.» ¿Qué tú dirías? Bueno, vámonos de aquí porque este restaurante no cumple con su cometido, no funciona como debe funcionar.
De manera similar, hay iglesias que tienen un edificio hermoso, con muchos parqueos, asientos sumamente cómodos, un equipo de alabanza muy bueno, cantos bien preparados, es una comunidad muy agradable, pero si en esa iglesia la palabra de Dios no se predica con fidelidad, si no se enseña la sana doctrina y si Cristo no es proclamado desde las Escrituras, falta lo esencial. Hay ambiente, un buen ambiente, hay actividad, pero no hay alimento espiritual. Y la pregunta que debemos hacernos hoy es sencilla, pero es una pregunta seria y profunda. ¿Qué es lo que alimenta realmente a una iglesia? ¿Qué es lo que nos alimenta a nosotros como creyentes? Porque cuando hablamos de Iglesia Bíblica Sola Gracia, estamos hablando de todos los miembros, todas las personas que componemos esta iglesia. ¿Qué es lo que nos alimenta a nosotros?
Bueno, el Señor dice en Mateo 4:4, ante las tentaciones del maligno:
«Escrito está: no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (Mateo 4:4)
Esa palabra nos alimenta y nos sostiene en todo tiempo, aún cuando vienen las pruebas. Dios no diseñó a su pueblo para vivir de emociones, para vivir de impresiones, para vivir de entretenimiento, sino para vivir de su palabra. La palabra que nos alimenta, la palabra que nos sostiene. ¿Y qué queremos nosotros al estar predicando esta serie de sermones acerca de las marcas de una iglesia saludable? Que estemos seguros que estamos edificando Iglesia Bíblica Sola Gracia sobre la roca, sobre el Señor Jesucristo, sobre su palabra, y que no estamos edificando sobre la arena. Y hoy por eso queremos ver la centralidad de la palabra de Dios, porque esa palabra es la que debe permear todo lo que nosotros hacemos en la iglesia. En esta serie hemos visto qué es el evangelio, hemos visto la historia de la redención, la conversión y el evangelismo. Y hoy vamos a hablar de esa centralidad de la palabra.
Alguien se preguntará: «¿Y por qué esa palabra es central en la vida de la iglesia?» Bueno, lo primero que yo le diría es que la palabra de Dios reina como autoridad suprema en la iglesia, que no es un libro más, es la voz soberana de Dios hablando a su pueblo, guiándonos en todos los caminos que debemos ir. Entonces, en una iglesia saludable, la palabra de Dios es central. No la vemos como una colección de opiniones humanas, no la vemos como un recurso adicional en la iglesia, sino que es la autoridad suprema y la verdad final porque proviene de Dios.
I. La palabra de Dios reina como autoridad suprema en la iglesia
En este primer punto de que la palabra de Dios reina como autoridad suprema en su iglesia, quiero dar tres subpuntos. Esta palabra es inspirada por Dios. Esta palabra no tiene error. En segundo lugar, esa palabra es suficiente para guiarnos en esta vida.
Miren lo que dice la escritura. Vayan conmigo a 2 Timoteo 3:16. ¿Ustedes saben por qué la Biblia tiene autoridad? Porque es inspirada por Dios y Dios no miente, como veremos, y Él es suficiente porque en esa palabra Él nos ha dado todo lo necesario para la salvación y para vivir una vida piadosa. ¿Cómo empieza Pablo aquí?
«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia.» (2 Timoteo 3:16)
A. Es inspirada por Dios
La autoridad de la palabra de Dios descansa en su origen divino. Dios nos dio su palabra, no solamente algunas partes, sino toda Escritura. Como dice aquí, esa autoridad no descansa en el criterio del hombre, sino en el hecho de que Dios nos habla por medio de ella. Esa palabra inspirada significa respirada, exhalada por Dios. Ustedes ven, aquí no hay, como dije, una colección de opiniones religiosas. Aquí no hay un impulso humano de que los escritores fueron geniales escribiendo esta palabra. Es el aliento de Dios, es la respiración de Dios puesta en palabras, y por eso la escritura tiene autoridad divina y es plenamente confiable.
Cuando hablamos de inspiración, como dije, no estamos diciendo algo poético o algo emocional, sino, óyeme bien, una obra sobrenatural del Espíritu Santo por la cual Dios guió a los autores de los libros de la Biblia para que escribieran exactamente lo que Él quería comunicar. Y esto es lo que se conoce como una inspiración verbal (cada palabra) y plenaria (todas las escrituras, sin excepciones, fueron inspiradas por Dios). Y en 2 Pedro 1:21 se nos dice que Él habló por hombres movidos por el Espíritu Santo. Miren lo que dice:
«Pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios.» (2 Pedro 1:21)
Ellos no decidieron por sí mismos escribir este libro. Dios habló por medio de estos escritores utilizando su preparación, su lenguaje, su vocabulario, su formación, su estilo. Ellos hablaron, escribieron, movidos por el Espíritu Santo. Si esa escritura es inspirada por Dios, es dada por Dios, entonces debe gobernar la vida de la iglesia. Nosotros no estamos llamados a inventar nada, a ser originales, sino a someternos a la palabra de Dios como nuestra autoridad final, primero nuestras vidas y someter la vida de la iglesia en todas las áreas, como vamos a ver, a lo que dice esa palabra.
B. Es inerrante (no tiene error)
Pero esa palabra no solamente es inspirada. Hay otro atributo de esa palabra, otra verdad en relación a esa palabra: es inerrante. La Biblia no tiene errores. Es como dice un autor: «La inerrancia significa que la escritura en sus manuscritos originales es verdadera y sin error en todo lo que afirma.» Y esto abarca doctrina, ética, historia y cualquier ámbito que el texto toque. Ustedes ven, la Biblia no tiene ningún error. Ahora, la Biblia no fue dada como un libro de física o un libro de química o un libro de biología o de matemática, pero todo lo que enseña aquí es verdadero. ¿Por qué? Porque fíjense algo, la inerrancia descansa en el carácter de Dios y Dios no miente. Dios es verdadero. Todo lo que nos dice es real.
Y si ustedes van conmigo a Tito 1:1-2 dice Pablo:
«Siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad, con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos.» (Tito 1:1-2)
¿Qué está haciendo Pablo aquí? Bueno, él está llamando al evangelio la verdad, y esa verdad está anclada en el carácter del Dios que no miente. Entonces, lo que Dios promete es totalmente confiable porque estamos descansando en el Dios verdadero y el Dios soberano. Pero la Biblia nos dice que todo lo que nos dice es verdad. Juan 17:17 dice:
«Santifícalos en tu verdad. Tu palabra es verdad.» (Juan 17:17)
Fíjense que no dice «tu palabra contiene la verdad», no. Es la verdad misma. Y por eso esa verdad nos santifica, porque nos aparta, nos limpia, nos transforma en nuestras vidas cuando ella obra.
Como la Biblia es sin error, una iglesia saludable debe recibirla con confianza y no tratarla con sospecha. ¿Por qué digo esto? Porque hay momentos que uno tiene una situación y uno quiere hacer lo que a uno le parece, y la Biblia dice lo que debo hacer y yo le estoy buscando la vuelta y buscándole periquito por un lado y por otro. Si no tiene error, nosotros como pastores, como predicadores, como maestros, cuando un texto que vamos a predicar es difícil o es impopular, debemos predicarlo con claridad y aplicarlo conscientes de que estamos predicando la verdad del Dios que no miente. Y esa convicción es lo que sostiene la predicación. Esa convicción es lo que nos da seguridad en todas las áreas de la iglesia, en la consejería. Eso es lo que guarda la iglesia de reinterpretar la Biblia. Cuando mucha gente dice: «Ahí dice eso, pero yo creo…» Ah, pues tú sabes más que Dios. Entonces, cuando tú dices «yo creo, yo voy a seguir mi curso de acción», tú sabes más que Dios.
C. Es suficiente para guiarnos en esta vida
La Biblia es soplada, respirada, dada por Dios a nosotros, es inspirada. La Biblia no tiene errores y la Biblia es suficiente para guiarnos en toda nuestra vida. Qué maravilloso, hermano. Es como dice un autor: «La Biblia contiene todo lo necesario para la salvación, para vivir la vida cristiana, por lo que no necesitamos agregar nuevas revelaciones, tradiciones o filosofías del mundo.» Y la Confesión de Fe de Londres de 1689 nos dice que las Santas Escrituras son todas las reglas suficientes, segura e infalible conocimiento, la fe y la obediencia que llevan a la salvación. Por eso, todo lo necesario para la gloria de Dios y para la salvación, la fe y la vida del hombre está revelado en las Escrituras de forma expresa o de forma implícita. Y eso es lo que los reformadores resumieron como Sola Scriptura, la Biblia y solamente la Biblia. Y eso debe ser así en nuestra iglesia. La Biblia y solamente la Biblia debe ser central, porque a través de las Escrituras, como lo vamos a probar ahora, veremos todo el proceso redentor de Dios en Cristo, cómo nos lleva al arrepentimiento y a la fe, y luego cómo nos guía en nuestras vidas hasta el día que estemos en su presencia.
Miren lo que dice 2 Pedro 1:3:
«Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.» (2 Pedro 1:3)
Ya Dios nos concedió todo lo que necesitamos para nuestra vida y para caminar en nuestra vida de fe y ser piadosos. ¿Cómo lo hace? Por el verdadero conocimiento de Cristo. ¿Cómo nos comunica Dios ese conocimiento de Cristo? A través de su palabra. Por eso ya nosotros no tenemos que buscar en ningún otro sitio.
Ahora, si la palabra reina como autoridad suprema porque es inspirada, porque no tiene errores, porque es suficiente, no es solamente para que nosotros tengamos esas notas teológicas y sepamos decir cuáles son las verdades o los atributos de la palabra, sino que obre en nuestros corazones para transformarnos, para que nosotros vivamos para la gloria de Dios. Y eso nos lleva a nuestro segundo punto.
II. Dios nos salva, nos santifica y nos equipa como iglesia con el poder de su palabra
Si esa escritura es inspirada, inerrante y suficiente, entonces no solo define lo que la iglesia cree, también define cómo vive la iglesia. Y en 2 Timoteo 3, capítulo 14 en adelante, y quiero que vayan allí, por favor, muestra lo que la palabra produce en el pueblo de Dios, desde conducir al pecador a la salvación en Cristo hasta formar creyentes maduros, útiles y equipados para su obra.
A. Conduce al pecador a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús
Miren lo primero que nos dice, versículos 14 y 15. Pablo le dice a Timoteo:
«Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido. Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 3:14-15)
Lo primero que hace esa palabra es que conduce al pecador a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Esa palabra nos da sabiduría para salvación, y esa salvación viene mediante la fe en Cristo. Fíjese como la escritura no está reemplazando al Señor Jesucristo, lo está revelando, lo está presentando en toda su gloria, su obra expiatoria, la redención que realizó por nosotros, y nos dirige a confiar en Él. El Señor dice: «Escudriñen las Escrituras porque son ellas que dan testimonio de mí.» Por eso, cuando la palabra de Dios está en el centro de la iglesia, Cristo es proclamado con claridad.
Ahora, ¿cómo obra esa palabra? Nos muestra nuestra condición de pecadores. Nos muestra que no podemos ser salvos por ninguna obra que hagamos. Nos muestra nuestra necesidad de salvación. Nos muestra la necesidad de un Salvador y proclama la gracia de Dios en Cristo. Romanos 3:23:
«Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.» (Romanos 3:23)
Y ahí mismo en el capítulo 3, Romanos nos dice que ningún hombre va a ser salvo por cumplir las obras de la ley, sino que nosotros somos justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús.
Ahora, miren qué hermoso, hermanos. Todos ustedes, la mayoría sabían eso, ¿verdad? Yo no dije nada nuevo, pero la iglesia no fue dejada aquí en el mundo para almacenar datos bíblicos. Dios no nos llama a engordar y quedarnos aquí. Dios nos llama a proclamar a Cristo y a llamar a los pecadores para que vengan a Él. Y eso es lo que nosotros estamos llamados a hacer aquí, mis hermanos, a proclamar esa palabra. De manera que cuando vengan aquellos que no conocen al Señor, vean con claridad a Jesucristo, sean confrontados con su necesidad y sean llamados a arrepentirse y a creer. La Biblia que tú tienes no es solamente para alimentarte espiritualmente, es para que tú proclames las glorias de ese Dios todopoderoso.
Miren, el viernes en la noche Patricia y yo estábamos en Jarabacoa y fuimos al retiro del MJA de IBCJ de los jóvenes, donde había más de 300 jóvenes allí. Era en Pico Escondido, e íbamos por la carretera y vimos el letrero que decía «Pico Escondido». Ese letrero estaba en el lugar correcto. Gracias a ese letrero supimos dónde doblar. Pero ese letrero no era Pico Escondido. Yo no podía parquear el carro y quedarme ahí porque eso me señalaba a Pico Escondido. Las escrituras nos señalan a Cristo para que nosotros vayamos a Él. Ahora, imagínense que ese letrero de Pico Escondido hubiera estado escondido, hubiera estado borroso, podríamos perdernos. Y usted me va a decir: «¿Por qué no llevaban el GPS?» Sí, lo llevábamos, pero hay momentos que el GPS también se pierde. ¿Qué es lo que quiero decir aquí? Que como iglesia no debemos sustituir ni minimizar la palabra. No podemos reemplazarla con otras cosas sin dejar a los pecadores con una dirección clara. Dios usa su palabra para llamar a los pecadores a Cristo. Entonces, una iglesia saludable tiene esa palabra como central, pero proclama esa palabra, mis hermanos. Y es lo que nosotros debemos hacer.
Una vez que el Señor nos da vida, que creemos en Cristo, que nos arrepentimos de nuestros pecados, que confiamos en Él, la palabra no se retira. Esa palabra sigue obrando en su vida. Fíjense lo que dice 2 Timoteo ahora en 3:16.
B. Es útil para enseñar
Esa palabra es útil para enseñar. Esa palabra es la que nos imparte el conocimiento verdadero, sistemático, acerca de la revelación de Dios en Jesucristo. Esa palabra informa nuestra mente, nos dice cómo debemos pensar. Esa palabra nos dice cómo debemos actuar. Esa palabra nos capacita para vivir conforme a la voluntad de Dios. Entonces, una iglesia no puede ser espiritualmente sana si los miembros que componen esa iglesia descuidan, ignoran el conocimiento profundo de la verdad de Dios en la palabra.
Hermano, nosotros tenemos a través de las redes un bombardeo continuo en la televisión, los documentales, las películas, en las redes, en todo lo que vemos y hacemos, y esas cosas nos influencian, y llega un momento en que nosotros tenemos que poner nuestra mente clara y debemos ir a las escrituras que establecen ese estándar de fe y conducta. Las escrituras nos dicen lo que debemos creer. Las escrituras nos dicen lo que debemos hacer. Las Escrituras nos dan mandamientos, nos dan preceptos, nos dan ejemplos como es la vida del Señor Jesucristo. Las Escrituras nos enseñan cómo vivir de una manera que agrademos a Dios.
Todos nosotros tenemos preguntas esenciales, fundamentales en nuestras vidas. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? ¿Quién es Dios? ¿Cómo yo puedo conocer a Dios? ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? ¿Cómo yo distingo la diferencia entre lo bueno y lo malo? ¿Cómo debo conducir mi hogar? ¿Cómo debo conducir mi familia? ¿Cómo debo conducirme en el trabajo? ¿Cómo yo debo manejar mis recursos? ¿Cómo yo puedo tomar decisiones sabias? ¿Cómo yo enfrento mis emociones? Estoy deprimido, estoy ansioso, no sé qué camino seguir ante una decisión que debo tomar. El mundo nos da cien mil millones de caminos, pero hay uno verdadero: el que nos da la palabra de Dios. Hermanos, y a todos nos ha pasado. Y repito algo que dije, que en algunos momentos uno quiere hacer su voluntad en una decisión matrimonial, en una decisión familiar, en una decisión de negocio, pero cuando va la palabra, esa palabra nos dice algo completamente diferente. Sigue la palabra de Dios.
Miren lo que pasa en las iglesias donde hay mucha alabanza, hay mucha comunión (lo cual es bueno), pero el culto se diseña para agradar a las personas que van allí, no para agradar a Dios, no para que la presencia de Dios se manifieste de una manera poderosa en medio nuestro. Esas iglesias, esos creyentes son presas fáciles de los falsos maestros y de las doctrinas engañosas. Pero en Efesios 4, Pablo nos dice que cuando somos instruidos o capacitados por nuestros líderes, pastores, maestros, llegamos a la madurez espiritual. Y en Efesios 4:14 dice lo siguiente:
«Entonces ya no seremos niños sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error.» (Efesios 4:14)
Esa enseñanza bíblica es vital porque nos protege del engaño, sostiene nuestra fe en tiempo de confusión, nos guía a la obediencia cada día.
Hermano, piensa en una persona que vive tomando decisiones por lo que oye que le dicen los gurús de las redes, esos influencers que hay en las redes que son los expertos, o la persona que toma decisiones por sus emociones, por lo que le dice la cultura, por su propia intuición. La cultura le dice: «No, sigue tu propio camino, tú sigue tu propia verdad, sé auténtico.» Y esas voces hoy no dicen una cosa y mañana cambian continuamente. ¿Qué pasa con esas personas? Viven en una confusión continua. Pero esa palabra es como un faro de luz al cual nosotros podemos acudir. Esa palabra es un faro de luz que nos guía continuamente. Esa palabra ordena nuestro pensamiento. Esa palabra nos da dirección. Esa palabra nos lleva de caminar a oscuras a caminar en la luz.
Entonces, si la palabra es la que nos enseña, no nos conformemos con una fe superficial. Vamos a ponernos bajo la enseñanza de esa palabra. Vamos a hacer un plan para conocer esa palabra. Vamos a poner por práctica esa palabra. Pero esa palabra es tan maravillosa que no solamente nos dice el camino que debemos seguir, no solamente nos muestra lo verdadero, sino que también nos dice aquello que está mal, el camino que está torcido en nosotros. Y por eso Pablo añade aquí una tercera característica.
C. Es útil para reprender
«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender» (2 Timoteo 3:16)
—para confrontar el error doctrinal, para confrontar esas conductas nuestras que son contrarias a lo que Dios dice en su palabra. Y no es un ataque para destruirnos, es Dios hablándonos de una manera fiel, diciéndonos: «Lo estás haciendo mal. No sigas por ese camino porque no te va a ir bien.» Esa palabra nos da convicción de pecado, nos da arrepentimiento y nos ayuda a ser restaurados. Esa palabra no trata con nosotros por arribita, no, penetra hasta lo más profundo de nuestros corazones y nos dice lo que no queremos oír muchas veces.
Vayan conmigo a Hebreos, capítulo 4, versículo 12:
«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4:12)
Hasta cosas que tú no sabes que tienes ahí, la palabra te las enseña, nos expone lo que nosotros no vemos con claridad. Y eso evita, óyeme bien, que nosotros como creyentes, como iglesia, solamente tratemos con aquellos comportamientos externos, y nos lleva a aprender cómo tratar con nuestros corazones, donde reside el verdadero problema.
Cuando aquí se predique la palabra y Dios te esté hablando y Dios te esté mostrando que hay algo torcido en tu vida, no endurezcas tu corazón en ese momento. Dios te está dando una misericordia para corregir lo que está mal en tu vida. Pero hay iglesias donde no se habla de pecado. Hay iglesias donde no se tratan esas cosas porque las personas tienen muchos problemas en la vida y tú le vas a hablar de algo que está haciendo mal. Sí, le voy a hablar de algo que está haciendo mal, porque yo quiero que sea la palabra de Dios la que traiga salvación, la que enseñe y la que te reprenda cuando te hable a tu corazón. Es una misericordia de Dios. Nosotros no queremos venir con excusas en ese sentido. Queremos que todo pecado que está oculto, primero en nuestras vidas, actuaciones malas, errores doctrinales, sean cambiados para que esta iglesia se mantenga pura y tenga un testimonio glorioso para Jesucristo. Cuando la palabra se pone fielmente, produce una convicción de pecado en nosotros, nos lleva al arrepentimiento y nos guía a una restauración real.
Imagínate una persona que tiene un dolor continuo. Oye, yo tengo un dolor aquí en el corazón y voy al médico, le digo: «Doctor, yo tengo un dolor aquí en el corazón, pero yo quiero que usted me dé una medicina para el dolor del corazón. No me mande a hacer todos los análisis, no me mande a hacer todos los estudios, yo solo quiero una medicina.» Eso es un peligro. ¿Tú sabes por qué? Porque ese dolorcito aquí puede ser una señal de un problema más profundo. Tú puedes tener una enfermedad avanzando por dentro y no darte cuenta. Así nos pasa cuando nosotros no queremos que la palabra de Dios nos reprenda. Queremos esos mensajes de consuelo, de ánimo, pero no queremos que la escritura nos examine por completo. «No, Señor, en esa área de mi vida no te metas, déjame así como yo estoy.» Cuando la escritura viene, es como el examen completo del corazón, no se queda en lo externo. Descubre la raíz, las intenciones, las causas, las excusas, los pecados ocultos y nos da convicción para llevarnos al arrepentimiento. Pero te voy a decir lo más glorioso: no lo hace para humillarte, lo hace para sanarte, lo hace para tu bien, pero tú lo debes recibir con humildad. La palabra nos expone nuestra condición para guiarnos a Cristo, para que nosotros podamos descansar en Él, para que tú y yo podamos ser restaurados.
D. Es útil para corregir
Esa palabra nos hace sabios para salvación, nos enseña, nos reprende. En cuarto lugar, dice Pablo a Timoteo:
«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir.» (2 Timoteo 3:16)
Tú sabes lo que Dios hace: Él te muestra lo que está torcido y corrige, endereza lo que está torcido. Cuando tú estás torcido, no estás en tu posición correcta, y Dios nos lleva a una posición correcta, reordena nuestras prioridades, produce cambios reales en nuestros corazones. La palabra no nos deja sumidos en la culpa, no nos deja sumidos en que ya fallamos, ya fallamos, ya fallamos, no. La palabra nos levanta y nos realinea y nos pone en el camino correcto. Fíjense como dice el Salmo 119:9:
«¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra.» (Salmo 119:9)
La palabra, la escritura, la Biblia no solamente nos muestra el camino limpio que debemos seguir, nos enseña cómo debemos caminar, cómo debemos guardarnos día a día.
Ahora, ¿qué pasa en una iglesia donde no hay exposición, como hablamos, de lo que está mal y no hay una corrección de la palabra? La iglesia se queda igual. Tú sigues siendo el mismo creyente frío espiritualmente que no tiene una relación con Dios, con los mismos patrones de vida que no cambian, matrimonios fríos que se soportan, matrimonios con problemas, también familias desordenadas. Tomamos decisiones egoístas. Allí hay pecados escondidos que no salen a la luz. Se predica la palabra y sientes culpa porque sabes que está mal, pero no hay un cambio visible en tu vida. Pero cuando la palabra viene con todo su poder, trae una restauración visible. El gozo vuelve a tu vida. Tu camino es reordenado. Como dije, los matrimonios empiezan a sanar, las familias empiezan a ordenarse, tomamos decisiones y las tomamos con sabiduría bíblica. Quienes estaban desviados vuelven al camino y empiezan a dar frutos de obediencia. ¿Por qué? Porque esa palabra nos va corrigiendo en la medida que vamos caminando.
Hace una semana y pico nosotros estuvimos en Michigan, en el funeral de Robert Wugamouth, el esposo de Nancy Lee DeMoss. Y cuando íbamos de Chicago a Michigan —ustedes saben que hay muchas tormentas allá y eso no estaba fácil— uno va en la carretera con la nieve y veíamos carros que se habían salido del camino, y vimos otros que se habían salido del camino y se habían ido como por una especie de montaña o barranco. ¿Por qué? No pudieron corregir el rumbo de donde iban y terminaron fuera de la vía. Nosotros, cuando nos salíamos del camino, estábamos atentos para volver al camino. Y hay carros que tú te sales del carril y te pitan: «tuin, tuin». Eso es lo que hace la escritura con nosotros: «Lo estás haciendo mal, cambia. Tú no puedes seguir con ese ritmo de vida que tú tienes.» Oye la palabra de Dios y síguela. La palabra no solo nos señala el desvío, nos pone en el carril correcto, nos devuelve al camino recto con pasos obedientes. Y quizás hoy el Señor está usando su palabra para mostrarte un desvío y tú lo has estado resistiendo por mucho tiempo. Recibe la corrección de Dios, reordena lo que está torcido, da hoy pasos concretos de obediencia. Esa es la gracia de Dios. Es Dios que está trabajando contigo. No seas tan duro de corazón, no seas tan duro de cerviz como era el pueblo de Israel. Dios no nos deja desviarnos, sino que nos restaura, nos guía por el camino correcto.
E. Es útil para instruir en justicia
Pero miren qué bendición. El Señor no solo nos corrige cuando nos desviamos, también nos entrena para no volver a desviarnos. Y ahí entra esa quinta función de la palabra de Dios. Esa palabra es útil para instruir en justicia, para que llevemos una vida recta. Tenemos a un entrenador divino guiándonos, moldeándonos para que nosotros vivamos en santidad. No solamente para que evitemos el pecado, sino que estemos continuamente siguiendo la justicia de Dios para que hagamos como dice el salmista en el Salmo 119:11:
«En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti.» (Salmo 119:11)
Yo la he atesorado porque yo no quiero ofenderte en nada que yo haga, Señor. Yo quiero tener un tesoro interior. Yo quiero meditarla. Yo quiero memorizarla. Yo quiero que esa palabra gobierne mis deseos, mis pensamientos, mis acciones. Y eso nos lleva a tener una vida, si podemos decirlo así, entrenada para resistir el pecado y para caminar en santidad. Y eso es lo que todos nosotros necesitamos.
Cuando eso no es así en la iglesia, hay muy pocos cambios. Se presentan continuamente casos de pecado. Pero cuando una palabra instruye a la iglesia y los miembros están trabajando en crecer en ella, ¿qué se manifiesta? El fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, fe, mansedumbre, bondad. Y entonces tenemos la bendición de Dios. Estamos trabajando dentro de lo que Él quiere para nosotros. Llegamos a ser un pueblo útil para Él.
Hermanos, esa instrucción no es fácil. Yo hago así porque estaba pensando en no sé qué beisbolista que le hicieron así en sus manos y tenía la mano llena de callos, y era que tenía que practicar, si mal no recuerdo, 200 batazos diarios. Le instruían de cómo mantener la posición, cómo hacer el swing, cómo mirar la pelota. Tenía un amigo que era profesional del golf y a él le sangraban las manos porque tenía que dar con el palo de golf 1000 palos diarios también, y tenía que tomar la posición y hacer las cosas como ellos mandan. Así es la palabra de Dios, mis hermanos. Nos va moldeando cada día, va trabajando en nosotros. Esa instrucción no es solamente que digamos: «Ay, yo quiero tener buenas intenciones, yo quiero servir al Señor.» No, debemos trabajar en ese sentido.
F. Nos hace perfectos (maduros) y equipados para toda buena obra
Esa palabra nos hace sabios para salvación, nos enseña, nos reprende, nos corrige, nos instruye en justicia. Esa instrucción, he dicho que no es algo fácil, nos va mostrando qué es lo que debemos hacer, cómo debemos actuar, cómo debemos comportarnos en las diferentes situaciones. Y luego nos dice la finalidad.
«Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente equipado para toda buena obra.» (2 Timoteo 3:16-17)
Perfecto significa maduro, no significa sin pecado. Perfecto es apto para la tarea. Equipado es que Dios nos provee con todo lo necesario para que nosotros podamos hacer las buenas obras. ¿Ustedes ven? O sea, que la meta de la palabra no es solamente llenar nuestras mentes de información, sino prepararnos para una vida útil, para una vida fructífera, para una vida obediente, para servir a Dios, para poder servir a los demás. Pablo le dice a los Efesios:
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» (Efesios 2:10)
Dios no te llamó a salvación para que tú estuvieses estancado o estancada, sino para que caminaras por las obras que Él preparó de antemano. ¿Qué es lo que Dios quiere con nosotros? Un pueblo que sea útil para Él, un pueblo que sea maduro, un pueblo que sea completo para obedecer a Cristo en todas las áreas de nuestras vidas, mis hermanos, en nuestra relación con Él, en nuestro matrimonio, con nuestras familias, en nuestros hogares, en el trabajo, en nuestras relaciones con los demás, en el servicio dentro y fuera de la iglesia, en público y en privado.
Mis hermanos, para esto ¿quién es suficiente? Ninguno de nosotros. Por lo tanto, debemos clamar al Señor para que nuestras vidas y la vida de esta Iglesia Bíblica Sola Gracia evidencien este resultado de un pueblo maduro.
III. Una iglesia saludable pone toda su vida y ministerio bajo el señorío de la palabra de Dios
Ahora, si la palabra produce todo eso en nosotros como un pueblo, la pregunta inevitable es: ¿cómo se ve una iglesia que toma en serio esta obra? Y eso nos lleva a nuestro tercer punto y el punto final. Una iglesia saludable pone toda su vida y ministerio bajo el señorío de la palabra de Dios. Oye bien: una iglesia saludable pone toda su vida y ministerio bajo el señorío de la palabra de Dios. No se trata solamente de escuchar, se trata de ordenar todas las áreas y ministerios de la iglesia: la predicación, la adoración, el discipulado, la consejería, la membresía, la disciplina eclesiástica, la misión de la iglesia conforme a lo que Dios dice en su palabra.
A. La predicación es la voz central
Ahora le voy a decir algo. La predicación de la palabra es la voz primaria, es la voz central, es la voz principal que dirige a la congregación. Pablo en 2 Timoteo le da un consejo a Timoteo. Le dice:
«Timoteo, predica la palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo, reprende, corrige, exhorta con toda paciencia e instrucción.» (2 Timoteo 4:2)
¿Por qué? Porque la finalidad es que la iglesia sea guiada por lo que Dios dice, no por ningún criterio humano, no por ninguna cultura. Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. Eso es lo que enseña la palabra. La predicación de la palabra no es una parte más del culto, es el medio principal, central por el cual Dios pastorea a su pueblo con su palabra. Y cuando esa palabra tiene preeminencia, se oye la voz de Cristo en medio de la congregación y esa palabra da los frutos conforme a la voluntad de Dios, trayendo salvación, enseñanza, reprensión, corrección, instruyéndonos en justicia a fin de prepararnos para toda buena obra.
B. La adoración se fundamenta en la verdad
Pero también cuando esa palabra es central en la vida de la iglesia, hay una respuesta de adoración a esa verdad revelada. Cuando entendemos quién es Dios, lo que Él ha hecho por nosotros. Juan dice:
«Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad.» (Juan 4:24)
Y la finalidad es que nuestra adoración, mis hermanos, tenga un fundamento bíblico. Que haya emoción, claro que sí, pero una emoción no creada, no ficticia, una emoción guiada por la verdad, que haya reverencia pero que haya entendimiento. Y óyeme esto: cuando la palabra es central, el culto deja de girar alrededor de gustos personales o estilos. Si Dios está presente aquí y vamos a alabar a Dios, yo puedo alabarlo a capela, yo puedo alabarlo con un solo piano, yo lo puedo alabar con los signos tradicionales, yo lo puedo adorar con los signos del día de hoy también, porque hay una respuesta de este pueblo que está aquí a quién es su Dios y a las glorias de ese Dios, y lo que quiere es alabarlo a Él.
Por eso nosotros queremos una vida eclesiástica saturada de la palabra de Dios. Como dice Pablo a los Colosenses, que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes con toda sabiduría, enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando con gracia en sus corazones al Señor. Esa palabra no está llamada a quedar limitada en este púlpito. No, ese debe ser el lenguaje cotidiano de nosotros como creyentes. Como hermanos, debemos animarnos, debemos exhortarnos, debemos corregirnos, debemos edificarnos con la verdad, no con lo que a mí me parece, sino con lo que Dios dice.
C. La misión y el evangelismo se sostienen en la palabra
Nosotros tenemos un llamado a las misiones. Nosotros tenemos un llamado, como yo dije, a evangelizar. Pero esas misiones y ese evangelismo debe sostenerse en la palabra. Nosotros queremos plantar más iglesias. Sí, queremos ver más personas viniendo de las tinieblas a la luz en Jesucristo. Sí. Mateo nos dice:
«Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20)
Mis hermanos, ¿ustedes creen eso? Lo creemos, pues debemos actuar en consecuencia.
La misión de esta iglesia nace de la autoridad de Cristo. Él dice: «Toda autoridad me ha sido dada.» ¿Y cómo cumplimos ese llamamiento? Haciendo discípulos. ¿Y cómo vamos a hacer esos discípulos? Proclamando el mensaje de salvación, como hemos visto, bautizándolos y enseñándolos a guardar todo lo que Él nos mandó. Por eso, repito, nuestra misión no es el entretenimiento ni el activismo. No. Estamos aquí para predicar la palabra de Dios con la promesa que nos da ese texto: «Yo estoy con ustedes.» Es el Señor Jesucristo que está con nosotros. Pero debemos proclamar esa palabra porque dice la escritura que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo. Dios produce esa fe cuando el evangelio es predicado, cuando las personas escuchan la palabra de Dios. La fe no nace de mis emociones ni de métodos pragmáticos. Cuando el pecador oye la palabra de Cristo y el Espíritu Santo viene y aplica esa palabra al corazón del inconverso y le dice: «Vive, porque estás muerto», esa es la palabra que nosotros debemos predicar. Una iglesia es saludable cuando el centro de su misión es proclamar la verdad del evangelio, confiando en que Dios da fe y vida por medio de esa palabra.
Conclusión
Mis hermanos, ¿qué hemos visto hoy? Que la palabra es la autoridad final en la iglesia, que obra salvación y santificación, y que debe dirigir toda la vida y ministerio de la congregación.
Yo quiero concluir con esto porque hoy vamos a participar de la Cena del Señor, un tiempo de autoexamen. La pregunta es esta: ¿y cuál va a ser nuestra respuesta? ¿Cuál va a ser la respuesta de cada uno de nosotros? Si la iglesia no está continuamente en la palabra —la iglesia somos nosotros, mi hermano, nosotros la componemos—, cuando yo digo «la iglesia» es cada uno de nosotros. Si no estamos en la palabra, nuestras vidas espirituales se van a debilitar y la iglesia se va a debilitar. Podemos tener como ese restaurante: una iglesia hermosa, con muchos parqueos, con un equipo de alabanza maravilloso, muchas actividades, pero si sus miembros no leen la palabra, no meditan la palabra, no estudian la palabra, no viven la palabra, se pierde el discernimiento, se debilita la santidad y la vida de la iglesia se vuelve algo superficial. ¿Por qué? Porque la verdad de Dios deja de gobernar nuestras mentes, nuestras conciencias se adormecen porque creemos que estamos bien porque vinimos a la iglesia el domingo, y las personas a nuestro alrededor se confunden con el evangelio.
Entonces, nuestro llamado es este, como los bereanos, que ellos recibieron la palabra con toda solicitud, examinando diariamente las Escrituras para ver si lo que Pablo le predicaba era realmente así. Mis hermanos, nosotros queremos que nuestra iglesia crea, no que acepte todo lo que oye en la calle y en diferentes lugares, sino que pruebe todo a la luz de la palabra de Dios. Pero nuestro temor como pastores, aún en nuestras propias vidas espirituales, es que seamos oidores de la palabra y no hacedores de la palabra. Esa palabra está llamada a producir un fruto en nuestros corazones. Por eso Santiago dice:
«Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores, que se engañan a sí mismos.» (Santiago 1:22)
Te voy a decir algo: donde la palabra es central y donde la palabra gobierna en la vida de una persona, se ve un fruto visible, se ve un arrepentimiento genuino, se ve reconciliación, se ve servicio y se ve una santidad creciente. Ahora, el que escucha y no obedece se está engañando. El que obedece muestra que la palabra ha llegado a su corazón.
¿Qué nosotros queremos? Lo que dijo Josué:
«Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito.» (Josué 1:8)
Nosotros queremos que este sea un pueblo de la palabra, y hoy es un día aceptable, un día bueno. Hoy que vamos a hacer memoria de la obra de Cristo a nuestro favor, que meditemos, hagamos un autoexamen de nuestras vidas a la luz de lo que hemos visto, que vayamos a la presencia de Dios en confesión de nuestros pecados, que hagamos nuevos votos, nuevos compromisos con el Señor.
Pregúntate: ¿Estoy viviendo la palabra durante la semana o solamente la oigo el domingo? ¿Yo tomo la Biblia o tomo mi aparato digital o solo la abro en el teléfono cuando voy a la iglesia? ¿Es notorio en mis decisiones que la palabra gobierna mi mente o yo me estoy guiando por mis impulsos y mis emociones? ¿Qué parte de la palabra yo sé que debo obedecer porque estoy haciendo mal y he estado posponiendo tomar esa decisión que Dios me dice que tome hoy? ¿Qué texto voy a estar guardando esta semana para pelear contra el pecado que quiere asediarme, para sostener mi fe?
Mis hermanos, oremos. Oremos para que este pueblo sea un pueblo de la palabra, para que sea un pueblo gobernado por el mismo Dios para su gloria, para el bien de nuestras familias, para el bien de nuestra comunidad, para el bien de las naciones. Vamos a clamar al Señor: «Señor, haznos un pueblo que vive en tu palabra, un pueblo que la recibe con docilidad, un pueblo que la guarda con seriedad y la medita constantemente.» Amén.

