Devocional
Lectura: Mateo 5:13
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.»
Jesús nos llama la sal de la tierra. La sal, en el mundo antiguo, tenía un propósito fundamental: preservar, dar sabor, marcar una diferencia. Como iglesia, estamos llamados a ser un medio de preservación en medio de un mundo que se corrompe, a mostrar el poder transformador del evangelio en nuestras vidas.
Pero hay una advertencia solemne en las palabras de Jesús: la sal puede volverse insípida. ¿Cómo ocurre esto en la vida de un creyente? Ocurre cuando el pecado se tolera y no se corrige. Ocurre cuando comenzamos a parecernos más al mundo que a Cristo. Ocurre cuando nuestro testimonio se diluye porque hemos aceptado vivir como «chivos sin ley», como si no hubiera consecuencias para nuestras acciones.
Cuando el pecado se tolera y no se corrige, la iglesia comienza a parecerse más al mundo y parece más un club social que la iglesia de Jesucristo. Y cuando eso ocurre, la iglesia pierde todo su poder y toda su fuerza.
La disciplina bíblica, lejos de ser un castigo, es el medio que Dios utiliza para que su sal permanezca salada. Es el cuidado amoroso que nos preserva y nos mantiene funcionales para el Reino.
Preguntas para reflexionar:
¿En qué áreas de mi vida corro el riesgo de que la sal se vuelva insípida?
¿Estoy permitiendo que el pecado se acostumbre en mi vida sin confrontación?
¿Valoro la corrección como un medio de preservación espiritual?
Oración:
Señor, tú me llamaste a ser sal en medio de este mundo. No permitas que me vuelva insípido por tolerar el pecado en mi vida. Dame un corazón sensible a tu corrección y valentía para vivir de manera diferente. Que mi vida preserve el testimonio de tu evangelio y marque una diferencia dondequiera que vaya. En el nombre de Jesús, Amén.


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