Devocional
Lectura: 2 Corintios 7:10
«Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.»
Meditación:
Hay una diferencia fundamental entre dos tipos de tristeza: la que viene de Dios y la que viene del mundo.
La tristeza del mundo es el remordimiento por las consecuencias. Es la pena de haber sido descubierto, de haber perdido algo, de tener que enfrentar la vergüenza pública. Esta tristeza no cambia el corazón; solo lamenta los resultados. Como dijo el pastor, no buscamos «un remordimiento por las consecuencias», sino un dolor genuino por haber ofendido a un Dios tres veces santo.
La tristeza que es conforme a Dios, en cambio, produce arrepentimiento. Es la que sintió Pedro después de negar a Jesús, una tristeza que lo llevó a llorar amargamente, pero que luego lo transformó en un pilar de la iglesia. Es la que sintió David después de su pecado con Betsabé, expresada en el Salmo 51: «Contra ti, contra ti solo he pecado».
Cuando la disciplina bíblica cumple su propósito, produce esta tristeza santa. No deja pesar, porque el perdón de Dios restaura y limpia. La meta de todo proceso disciplinario es llegar a este punto: un arrepentimiento genuino que trae vida.
Y esto es posible, hermano, porque Dios hizo lo que ningún proceso disciplinario puede hacer. «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» Cristo fue disciplinado por nosotros. Él ocupó nuestro lugar. Él llevó la pena y el castigo que merecíamos para que nosotros pudiéramos ser restaurados.
Preguntas para reflexionar:
- Cuando peco, ¿siento tristeza por las consecuencias o tristeza por haber ofendido a Dios?
- ¿He experimentado alguna vez el «arrepentimiento que conduce a la salvación»?
- ¿Qué área de mi vida necesita ser examinada a la luz de la cruz?
Oración:
Señor, gracias porque Cristo llevó el castigo que yo merecía. Gracias porque su disciplina me trajo paz. Examina mi corazón y muéstrame si hay en mí tristeza mundana o un genuino arrepentimiento. Produce en mí un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí. Que mi dolor por el pecado me acerque más a ti y me haga más parecido a Cristo. Amén.


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