Basado en Lucas 2:21-38
Predicado el 14 de diciembre de 2025
Introducción: El Tribunal de la Historia
Quiero que imaginemos por un momento que estamos en un tribunal. Esta iglesia tiene como 80 abogados de los 200 miembros, así que podemos hacer el ejercicio. Estamos en un tribunal, pero no se estará juzgando un crimen, sino algo más decisivo: la veracidad de un hecho histórico que tiene el poder para cambiar el curso de la humanidad.
La pregunta ante el tribunal es esta: ¿Es Jesús de Nazaret verdaderamente el Mesías prometido, el Hijo de Dios encarnado y el Salvador del mundo?
El Dr. Lucas, el evangelista, actúa como abogado de la defensa. El magistrado es Teófilo, un funcionario romano, culto, amante del orden y de la evidencia. Y delante de él hay un jurado diverso: escépticos, religiosos, fariseos, creyentes que esperan las promesas de Dios, seguidores de Jesús que necesitan afirmar su fe y gente común que simplemente quiere saber la verdad.
Y debo decir algo, mis hermanos y mis amigos: nosotros somos ese jurado. Todos tenemos situaciones, todos tenemos preguntas. Venimos aquí con dudas en nuestra mente, con objeciones. También estamos sufriendo, tenemos luchas y expectativas. Pero el resultado de este juicio tiene el poder para cambiar nuestras vidas.
Hoy el Dr. Lucas presenta su caso ante nosotros. Siguiendo lo que la ley de Moisés estipula, él va a llamar a tres testigos clave para probar una verdad que cambiará la historia: que el niño de Belén es el Salvador del mundo. Nuestro propósito es examinar esa evidencia y decidir nuestra respuesta. ¿Seremos meros espectadores de este juicio o nos convertiremos en testigos de su gracia?
Por eso he titulado este sermón: «Testigos del Nacimiento del Salvador».
I. El Testimonio de la Fe que Obedece: José y María
Para comenzar su defensa, el Dr. Lucas llama a sus primeros testigos: José y María, los padres terrenales de Jesús. Lucas inicia su argumento destacando la fidelidad de esta pareja al obedecer la palabra de Dios al pie de la letra, para que Jesús cumpliera toda justicia. Eso los hace a ellos testigos creíbles del nacimiento del Salvador.
A. La obediencia en la circuncisión y el nombramiento (v. 21)
Mire el versículo 21 conmigo: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, el nombre dado por el ángel antes de que él fuera concebido en el seno materno.»
Fíjate cómo Lucas resalta la frase: «cuando se cumplieron los ocho días». Más adelante vuelve a decir: «cuando se cumplieron los días de la purificación». La circuncisión era una señal del pacto de Dios con Abraham y su descendencia (Génesis 17). Pero más allá del rito físico, la circuncisión tiene un sentido espiritual. Moisés lo dice en Deuteronomio 10:16: «Circunciden, pues, su corazón y no sean más tercos.» La circuncisión revela que todo ser humano nace en pecado y necesita ser limpiado.
Ahora, alguien pudiera objetar: «¿Y qué tiene eso de especial? Todos los judíos circuncidaban a sus hijos». Buena pregunta. José y María no estaban simplemente cumpliendo un rito social o religioso. Ellos estaban sometiendo al único niño que nació sin pecado al símbolo de la impureza.
En este acto, Jesús, el Cordero perfecto, derramó sus primeras gotas de sangre. ¿Usted sabía eso? Y no lo hizo por él. Lo hizo por ti y lo hizo por mí. En la circuncisión de Cristo fue su primer derramamiento de sangre, y lo hizo en nuestro lugar.
Y al ponerle sus padres el nombre Jesús, que significa «Jehová salva», ellos estaban cumpliendo la orden del ángel y proclamando su fe públicamente. Estaban diciendo: «Este niño es el Salvador». En su circuncisión, Jesús se identificó completamente con nosotros para llevar a cabo una salvación que ningún rito podría lograr: una circuncisión del corazón hecha por gracia.
B. La obediencia en la purificación y dedicación (vv. 22-24)
Mire los versículos 22 al 24: «Al cumplirse los días para la purificación de ellos, según la ley de Moisés, lo trajeron a Jerusalén para presentar al niño al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abra la matriz será llamado santo para el Señor, y para ofrecer un sacrificio conforme a lo que se ha dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.»
Una vez más, Lucas subraya la frase: «al cumplirse los días de la purificación». Según Levítico 12, cuando una mujer daba luz a un varón, debía purificarse por 40 días y luego ofrecer un sacrificio de purificación en el templo. Además, si el niño era varón y primogénito, tenía que ser consagrado a Dios. Todos los primogénitos le pertenecían al Señor (Éxodo 13), y eran rescatados del servicio obligatorio del templo mediante el pago de cinco monedas de plata.
José y María, a pesar de su juventud y sus limitados recursos, cumplieron cuidadosamente cada mandamiento de la ley. Así lo testifica el versículo 39: antes de irse a Galilea, ellos habían cumplido con todo lo que estaba escrito conforme a la ley del Señor.
¿Por qué lo hicieron? Porque Jesús, el Hijo de Dios, debía cumplir la ley completamente en nuestro lugar. Estos ritos no eran simples formalidades; apuntaban a la realidad del pecado humano.
Ahora, alguien pudiera objetar: «Si Jesús era sin pecado, ¿por qué tenía que someterse a rituales de purificación?» La purificación de la madre tenía que ver con la sangre que fluía en el parto. Pero como señala el pastor John MacArthur, lo que realmente contamina es la naturaleza pecaminosa del bebé. Jesús era el único bebé que no traía naturaleza pecaminosa, pero en esta ceremonia él se puso en el lugar de los impuros.
La consagración del primogénito le recordaba a Israel que sus hijos habían sido librados de la muerte en Egipto por la sangre del cordero. Jesús, el único primogénito sin pecado, no necesitaba este rito. Sin embargo, fue consagrado a Dios en lugar de cada uno de nosotros. Él es el primogénito por excelencia (Colosenses 1), completamente entregado a la voluntad del Padre, incluso hasta la muerte.
Sus padres pagaron un rescate que él no necesitaba, porque el templo le pertenecía a él, la adoración se centraba en él, y él era el templo. Ese rescate se pagó por nosotros, porque Jesús vino a dar su vida en rescate por muchos.
C. El significado de todo esto para nosotros
Desde el inicio de su vida, amados hermanos, Jesús estaba cumpliendo la justicia que nosotros jamás podríamos cumplir. El que fue circuncidado nos daría un corazón nuevo. El que fue presentado nos presentaría sin mancha ante el Padre. Y el que fue rescatado se convertiría en nuestro rescate, entregando su propia vida por muchos.
Cristo no solamente vino a enseñarnos a obedecer la ley; él vino a cumplirla por nosotros. Aleluya.
Por eso el apóstol Pablo escribió en Gálatas 4:4-5: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.»
Alabado sea el Señor que nosotros hemos sido redimidos y adoptados como hijos por medio de Cristo.
II. El Testimonio de la Fe que Proclama la Verdad: Simeón
Ahora Lucas llama a un testigo que no solo obedece, sino que proclama con claridad quién es este niño. Mire los versículos 25 y 26:
«Había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y por el Espíritu Santo se le había revelado que no vería la muerte sin antes ver al Cristo del Señor.»
A. Las cualidades de Simeón como testigo creíble
Lucas nos presenta a Simeón, un nombre israelita por todos lados. Este testigo tenía cuatro cualidades inusuales que mostraban su credibilidad:
Primera cualidad: era un hombre justo. No era perfecto, pero tenía una relación correcta con Dios. Y solo se puede tener una relación correcta con Dios por medio de la fe. Hebreos 11:6 dice: «Sin fe es imposible agradar a Dios.» Simeón fue justificado por su fe, no por sus obras. Él había creído en el Mesías que vendría, como los creyentes del Antiguo Testamento que fueron salvos mirando a aquel que vendría, mientras nosotros somos salvos mirando a aquel que vino.
Segunda cualidad: era un hombre piadoso. Era devoto y reverente, alguien cuya fe no se quedaba en palabras, sino que se reflejaba en una vida consagrada para agradar al Señor.
Tercera cualidad: esperaba la consolación de Israel. Qué palabra más hermosa para referirse al Mesías: «la consolación de Israel». Simeón era parte de ese remanente fiel que creía en las promesas de Dios sobre la venida del Mesías y la salvación de Israel.
En ese tiempo, la mayoría de los israelitas no estaba esperando al Mesías. Había desesperanza total en el pueblo. Algunos querían liberarse por la fuerza de los romanos. Pero en medio de esa incredulidad, Simeón era parte del remanente fiel —como María, José, Elizabeth y Zacarías— que esperaban y oraban por la venida del Salvador.
El Mesías traería ese consuelo profetizado por Isaías 40:1-2: «Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada.» Simeón sabía que la consolación vendría solo a través del perdón del pecado, no mediante liberación política o social.
Cuarta cualidad: estaba lleno del Espíritu Santo. El Espíritu Santo estaba sobre él, y creo que esta es la cualidad más notable de Simeón. No se dice de muchos santos en el Antiguo Testamento que el Espíritu Santo estuviera sobre ellos. Él era un hombre controlado por el Espíritu y dependiente del Espíritu.
Ese es el tipo de persona que Dios usa como testigo. Ese es el tipo de persona que yo quiero ser, y que tú quieres ser: justificado por la fe, piadoso en el andar, creyente en las promesas de Dios y lleno del Espíritu Santo.
B. La guía soberana del Espíritu (v. 27)
Dios le había dado a Simeón una revelación de que no moriría sin ver al Cristo del Señor. Esto sugiere que probablemente Simeón llevaba muchos años esperando. Algunos visualizan a Simeón viniendo todos los días al templo, preguntando si había llegado el Mesías. R.C. Sproul hace una alegoría sobre eso: quizás el sacerdote le decía: «¿Qué buscas, Simeón? Vienes todos los días». Y él respondía: «Quería ver si el Mesías llegó». Pero este hombre llevaba años esperando, y Dios no lo decepcionó.
Lucas deja claro que detrás de este encuentro hay una mano invisible: la mano del Espíritu Santo. Fíjense en el versículo 27: «Movido por el Espíritu, fue al templo.» ¿Quién movió a Simeón? El Espíritu. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron para cumplir el rito de la ley, ahí llegó Simeón en el mismo momento y tomó al niño en sus brazos.
No fue una casualidad, hermanos. El templo de Jerusalén no era un salón como este donde cualquiera se encuentra. Era un espacio inmenso al que iban miles de personas. Si no decías específicamente el pórtico o la esquina, no encontrabas a nadie. Que Simeón haya encontrado al bebé y sus padres justo cuando llegó es la mano poderosa del Señor. Es un milagro.
Cuando el Espíritu nos guía, los encuentros nunca son una coincidencia.
C. El himno de Simeón: Nunc Dimittis (vv. 29-32)
Lo que sigue a partir del versículo 29 hasta el 32 se conoce como el Nunc Dimittis, uno de los cuatro himnos de la Navidad en Lucas (junto con el Magníficat de María, el Benedictus de Zacarías y el Gloria in Excelsis de los ángeles). Dice así:
«Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz conforme a tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos, luz de revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»
Este himno, basado en Isaías, proclama dos verdades fundamentales:
Primero: Simeón quedó completamente satisfecho al encontrarse con la salvación en persona. «Ahora despide a tu siervo en paz», dice. «Yo me puedo morir ahora mismo». ¿Cuántos pueden decir: «Estoy pago. Me puedo morir ahora»? Muchas veces decimos: «Señor, no me muero todavía, quiero casarme, quiero tener hijos, quiero ver a mis nietos graduarse». Pero Simeón quedó completamente satisfecho al ver a Cristo. Ya no necesitaba nada más.
Sus ojos habían visto al ser más glorioso del universo. Simeón podía decir como Pablo: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia.» Solo aquel que ha tenido un encuentro con Cristo está listo para morir. Si tú no has tenido un encuentro con Cristo, no estás listo para morir; tu muerte será una gran tragedia. Pero el que encontró a Cristo puede morirse ahora mismo, y su muerte será ganancia.
Segundo: esta salvación es para todos los pueblos, tanto judíos como gentiles. Dice el versículo 31: «La cual has preparado en presencia de todos los pueblos.» Está citando Isaías 52: «Luz de revelación a los gentiles». Esta salvación vino para traer luz a los pueblos que estaban en oscuridad, al paganismo, para alumbrar a los que estaban sumidos en tinieblas (Isaías 9). Isaías 49:6 dice: «Poca cosa es que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob… también te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra.»
Simeón entendió el evangelio. Qué lindo eso, hermano. Él entendió que Jesús no vino solo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, sino que, como dice Juan 3:16: «De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.»
Y cuando Simeón llama a Jesús «gloria de tu pueblo Israel», no está hablando de un simple sentimiento patriótico. Está haciendo una declaración teológica profunda: Jesús es la presencia gloriosa de Israel, la Shekinah que Israel anhelaba. Esa gloria de Dios que se manifestaba en el tabernáculo y en el templo se perdió durante la cautividad. Pero ahora Simeón ve esa gloria en la persona de Cristo. Con razón dice Juan 1:14: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.»
Jesús, amados hermanos, es la manifestación visible de la gloria de Dios. Él es la presencia de Dios, la esperanza de Israel y de toda la humanidad.
D. La profecía sobre la misión del Hijo (vv. 34-35)
Ante el asombro de José y María, Simeón da una profecía de lo que sería la misión del Hijo:
«Simeón los bendijo y dijo a su madre María: ‘Este niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción (y una espada traspasará aún tu propia alma), a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.'»
Aquí no hay mucho romanticismo en este pasaje. El Nunc Dimittis era más bonito, pero esto es la cruda realidad de la misión de Cristo. Veamos cada parte:
1. Para caída y levantamiento de muchos en Israel.
Jesús es la piedra angular sobre la cual algunos caen para destrucción, y otros se levantan porque construyen sobre él. Él mismo dijo que es la piedra donde algunos caen y se desbaratan. Pero también es la piedra angular donde otros se levantan. 1 Pedro 2 dice: para algunos él es un tropezadero por su incredulidad; para otros, él es la salvación.
Él es la línea divisoria de la historia de la humanidad. Algunos creen y son salvos y levantados; otros rechazan y caen. En esta audiencia hay algunos que han creído y han sido levantados, pero otros todavía no creen. Si llega el final de tu vida y no has creído, tú serás de aquellos que caen.
2. Para ser señal de contradicción.
Jesús es una señal que provoca oposición y rechazo en aquellos que no creen. MacArthur señala que la palabra «señal» habla de un estandarte o bandera alrededor de la cual la gente se agrupa. Jesús es una señal para que la gente se aglomere a su alrededor, pero lo que pasa aquí es que la gente se agrupa en contra de él.
Esto no solo habla de la oposición que tuvo en su tiempo con los religiosos y políticos; también habla de la posición que Jesús tiene hoy día. Mire la sociedad en que vivimos: ¿acaso la gente abraza a Jesús, ama a Jesús y acepta su ley?
3. Para que una espada traspase el alma de María.
La espada que traspasaría el alma de María era que ella sería testigo no solo del sufrimiento y el rechazo de Jesús, sino de su pasión y su muerte en la cruz. María estuvo ahí al pie de la cruz cuando su hijo se desangraba hasta morir.
La misión del Salvador trae mucho gozo, pero conlleva un profundo sufrimiento, sufrimiento que comparte el Redentor con nosotros. El evangelio lleva sufrimiento: llevó el de Cristo y hoy el nuestro también.
4. A fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
Este es el objetivo final de la misión de Jesús: exponer lo que hay en lo profundo de tu corazón y de mi corazón. Tu respuesta a Cristo revela lo que hay en tu interior. ¿Lo abrazas o lo rechazas?
Jesús y su mensaje no dejan a nadie neutral. Sacan a la luz la fe genuina o la rebelión encubierta. Cualquiera de las dos cosas que hay en tu corazón van a salir a la luz. Cuando te enfrentas a Cristo, este niño es el gran revelador y el gran divisor.
¿No le gusta escuchar eso? «Ay, Jesús ama a todos, Jesús quiere a todo el mundo y los acepta como vengan». Pero Jesús dijo que traería guerra, que traería espada. Mire los hogares donde hay cristianos y no cristianos: uno por acá, el otro por allá. Donde hay un cónyuge cristiano y el otro no, dos mentes diferentes. Donde hay hijos cristianos y padres no, o padres cristianos e hijos no. Problema. Eso es lo que Cristo trae.
Cristo es el gran divisor y el gran revelador. Porque cuando te acercas a él, lo que está en tu corazón se revela: o te rindes a él o te revelas contra él. ¿Cuál es tu respuesta hoy?
III. El Testimonio de la Fe que Contagia: Ana
Lucas, para cumplir con lo que establece la ley de que en boca de dos o tres testigos debe constar todo asunto, ahora presenta su tercer testigo. En este caso, es una mujer.
A. La presentación de Ana (vv. 36-37)
«Y había una profetiza, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años después de su matrimonio; y después de viuda, hasta los ochenta y cuatro años. Nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones.»
Una mujer viuda de 84 años que solo duró 7 años casada. Yo como pastor le hubiera aconsejado hace rato: «Cásate, mi hermana». Pero ella no se quedó viuda para andar chismeando de hogar en hogar. Se quedó viuda para servir a Dios. Se quedó viuda para orar y ayunar. Se quedó viuda para vivir piadosamente para su Señor.
Ella era profetiza, una santa del Antiguo Testamento, y probablemente la conocían en el templo porque no se salía de allí. Tenía descendencia clara: era hija de Fanuel, de la tribu de Aser, pero se había dedicado a servir. Una mujer piadosa, devota, que esperaba la redención de Jerusalén. Simeón esperaba la consolación de Israel; ella esperaba la redención de Jerusalén.
B. El encuentro soberano (v. 38)
«Llegando ella en ese preciso momento, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.»
«En ese preciso momento» — una coincidencia más. Ahí está la mano del Espíritu Santo. Al igual que Simeón, ella fue guiada por Dios y llegó al templo en el mismo momento en que Simeón hablaba del niño. Había gente alrededor mirando a Simeón, pero ninguno respondió como ella. ¿Por qué respondió así? Porque Dios también le había dado entendimiento para reconocer quién era el niño.
Fíjense qué sabio es el Espíritu Santo: no solamente trae un testigo hombre, sino también una testigo mujer. Un hombre piadoso que profetizó, y una mujer piadosa que era profetiza. La sabiduría de nuestro Dios.
C. Personas comunes, testigos extraordinarios
Simeón y Ana solo se mencionan aquí en la Biblia, en ningún otro lugar. Eran personas probablemente desconocidas, no eran de los sumos sacerdotes ni del sanedrín. Pero así también lo eran Zacarías y Elizabeth. ¿Quién conocía a Zacarías y Elizabeth? A lo mejor sus primos, nada más, porque ni hijos tenían.
Dios escoge a lo débil. Dios escoge a lo vil, a lo que no es, para glorificarse. Y así lo hizo con Ana y con Simeón. El hecho de que todos los testigos que Lucas presenta no sean personas famosas ni de gran renombre, sino personas fieles y piadosas, le da más fuerza al argumento. Si usted fuera a hacer un argumento, buscaría gente influyente. Pero el hecho de que no fue así, sino que Lucas se enfocó en el carácter, habla a favor de la verdad: Lucas no está tratando de hacer un complot, sino registrando lo que realmente pasó.
D. El testimonio contagioso de Ana
Y cuando Ana llegó y vio al niño, ¿qué hizo? Comenzó a hablar de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. No se lo guardó. No lo escondió. Ella era una testigo que no podía callar lo que había visto.
Qué triste que hay personas que pasan 10 años trabajando en un sitio y nadie supo que eran cristianos. Ana no escondió la verdad, sino que esparció la semilla a todos los que estaban a su alrededor.
Conclusión: El Veredicto y el Llamado
El caso ha sido presentado, hermanos. Tres testigos creíbles han declarado, bajo la influencia del Espíritu Santo, que este niño es el Hijo de Dios.
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José y María atestiguan que Jesús es el sustituto obediente que cumple la ley por nosotros.
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Simeón testifica que él es la salvación que satisface, luz para las naciones y gloria de su pueblo Israel.
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Ana atestigua que él es la redención de Jerusalén.
Y ahora te toca a ti y a mí tomar una decisión.
Para los que no conocen a Cristo
Quiero hablarle a las personas que están aquí que no tienen un compromiso con Cristo. A ti que todavía no le has rendido tu corazón, tu vida, tu alma al Señor.
La evidencia está ante ti. Cristo no te invita a un salto de fe ciego; es un veredicto basado en testimonios sólidos de quién es él. ¿Rechazarás a este Jesús? ¿Será él una señal de contradicción en tu vida? ¿O te levantarás sobre Cristo como tu único fundamento para tener paz con Dios?
Él se sometió a un juicio para que tú pudieras ser absuelto del juicio. Habrá un juicio final, la Biblia lo dice. Cristo se sometió a un juicio delante de los sacerdotes y los religiosos y fue declarado culpable, pero él lo hizo para que tú no tengas que venir a juicio. Pero si le rechazas, caerás, como dice este texto.
Te animo a que pongas tu fe en Jesucristo hoy. Ven a Cristo hoy.
Para los creyentes: El próximo testigo eres tú
Pero si eres un creyente comprometido con Jesús, entonces tú eres el próximo testigo que será llamado a testificar en este tribunal. Tú.
Por eso te digo lo siguiente:
1. Sé un testigo obediente a la palabra de Dios.
La obediencia de José y María fue un canal para que Dios llevara a cabo sus propósitos. ¿Te diste cuenta? Tu fidelidad en el día a día, en lo ordinario, es el escenario donde Dios va a obrar. Obedece la palabra de Dios, aunque te parezcan cosas simples. Sigue la palabra de Dios firmemente, y verás cómo Dios utilizará tu obediencia con propósitos salvíficos.
2. Sé un testigo que vive una vida de fe, confiando en las promesas de Dios.
El pueblo de Dios tiene que ser un pueblo de fe. Lo vemos en Simeón y en Ana. ¿Qué hacían ellos? Esperaban, y esa espera gozosa y de fe permitió que vieran al Señor. Muchas veces somos tan mundanos —yo lo digo por mí—, tenemos la mente enterrada en las cosas de aquí abajo, no miramos allá. Por eso vivimos vidas carnales, vidas naturales y en derrota.
Pero si tú agarras las promesas de Dios, como Simeón y Ana, y abrazas esas promesas y vives confiando en ellas, verás crecimiento espiritual, verás madurez espiritual en tu vida, verás la gloria de Dios manifestarse.
3. Sé un testigo piadoso, que vive en reverencia y temor a Dios, practicando las disciplinas espirituales.
Santifícate cada día. No seas un tropiezo para el inconverso. Que no tengan derecho a decir: «Ah, los cristianos, esto y lo otro». Que puedan decir: «Esa es una persona seria, es una persona piadosa, ese hombre ama a Dios, esa mujer ama a Dios». ¿Quieres ser testigo de Cristo? Sé un testigo piadoso.
4. Sé un testigo que proclama la verdad completa del evangelio.
Como Simeón, proclama tanto la salvación como la división. Hay quienes solo hablan de la parte bonita del evangelio: «Cristo te ama y tiene un plan para tu vida». Pero también dice la Escritura: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.» Nosotros tenemos que aprender a ser fieles y decir las dos cosas. Simeón dijo: «Salvación para todos los pueblos», pero también dijo: «Señal de contradicción, piedra de tropiezo, porque en él caen o se levantan».
5. Sé un testigo que comparte el evangelio de forma rápida, contagiosa y gozosa.
Como Ana, que llegó, vio al niño y comenzó a hablar de él a todos. Un testigo que no guarda el secreto. Triste que hay gente que pasa años en un trabajo y nadie supo que eran cristianos. No escondas la verdad; esparce la semilla a todos los que están a tu alrededor.
Hermanos, el evangelio no nos deja como espectadores. Nos llama a dar un veredicto. ¿Creerás en él? ¿Descansarás en su obediencia? ¿Darás testimonio de su gracia?
Porque este niño no solo nació para ser visto, sino para ser creído y proclamado.

